jueves, 3 de noviembre de 2011

CUENTOS QUE ME CONTARON UN DIA

¿SABEN QUIEN VINO A CENAR ESTA NOCHE?

Lo que les voy a narrar a continuación, me fue contado un día por una amiga, que ya no vive en mi país: Rosita Escala. Gran amiga a quien llamábamos cariñosamente "Pinky" MacDonald, porque en una de las varias veces que estuvo casada, fue con un Señor de origen Inglés. Quien durante la década de los cuarenta, este caballero se desempeñó, como secretario, del Virrey de la India.
De ella puedo decir que es una de las personas con las vidas más extravagantes y fabulosas que he conocido. Nació en Venezuela, hija de un Poeta, Embajador de Ecuador, y de una Señora de Origen Peruano, contaba para ese entonces, cuando la conocí, con cuatro nacionalidades.
Siempre me parecieron sus relatos como si ella hubiese sido un personaje escapado de uno de los cuentos del escritor Britanico-Francés, Williams Somerset Maughan..

ISILO



Una extraña vino a cenar


Lo que les voy a contar a continuación, tiene su ambiente en una región de La India durante la primera mitad de los años cuarenta. Donde un alto funcionario colonial Inglés y su esposa dan una cena. A ella asisten oficiales y empleados civiles del gobierno colonial de su Majestad el Rey de Inglaterra, acompañados de sus esposas, y donde también dentro del grupo, se encuentra un profesor de zoología de una prestigiosa Universidad de los Estados Unidos de Norteamérica.
Todos se sientan a la inmensa mesa, en un espacioso comedor, de un lustroso piso de mármol rosado de vetas blancas y amarillas, un bello techo de pulidas vigas de madera de Cedro, y amplias puertas y ventanales de cristal, que se abren a una galería, que da hacia los jardines exteriores de la espaciosa mansión.
La conversación se torna muy animada y agradable. Durante el transcurso de la conversación, se promueve una viva discusión, entre una joven que afirma, que ya han pasado los tiempos en que las mujeres se subían despavoridas a las sillas cuando aparecía un ratón en escena; y un estirado, y flamante Coronel de Caballería, que le sostenía tercamente todo lo contrario. “Toda mujer en momentos de apuro, - sostenía el Coronel -inmediatamente prorrumpe en gritos- el hombre en cambio aun cuando sienta tentaciones de hacer lo mismo, no lo hará porque tiene un poco mas de dominio de sí mismo, y ese poco, es precisamente lo que cuenta”. El profesor Norteamericano observa a los invitados sin tomar parte en la polémica. De pronto se da cuenta, de un singular cambio en la expresión de la dueña de la casa. Tiene las facciones de la cara, ligeramente contraidas y se ha quedado totalmente inmóvil, como petrificada, con su mirada fija en el espacio. Hace una leve e imperceptible seña a su criado hindú, un muchacho que está de pie detrás de su silla, le susurra algo al oído. Y el muchacho con los ojos dilatados de súbita emoción, por lo que le debe haber dicho su ama, sale corriendo velozmente del comedor.
Nuestro norteamericano es el único de los comensales, que se ha estado dando cuenta de toda esta escena. Solo él advierte también, que segundos después, el criado vuelve y sigilosamente, coloca un tazón de leche, del lado de afuera de la galería y lejos de las abiertas vidrieras que dan al jardín. El experto naturalista comprende de inmediato, lo que sucede. En la India, aquel tazón de leche, no puede tener mas que un objeto: Servir de señuelo o de sebo, a una serpiente... ¡ Es seguro que hay una Cobra Real, en alguna parte de la estancia¡ El profesor levanta los ojos hacia las pulidas vigas del techo, pero no la ve ahí. Pasea su mirada por tres de las esquinas del comedor, en la cuarta de las esquinas, está un grupo de ordenados criados, dirigidos por el Cheff, y el Mayordomo, aguardando el momento, y la señal de la dueña de la casa, para servir el próximo plato. No queda pues, sino un solo sitio donde pueda estar escondido, ese alevoso reptil: ¡debajo de la mesa¡ El primer impulso del naturalista es dar un salto hacia atrás, prevenir a los demás invitados y salir corriendo. Mas se da cuenta, enseguida, que si hace lo que está pensando, provocará un estallido de pánico, con el consiguiente rebulicio, que provocará el asalto final y fulminante de la también, asustada serpiente.
En ese momento la dueña de la casa, casi sin moverse, comienza a hablar en un tono algo rápido, y un poco mas alto que su voz normal, para así captar la atención de todas las personas, que en ese momento mantenían varias conversaciones particulares y diversas. Me gustaría conocer –dice ella– el grado de dominio de sí mismo que tiene cada uno de los presentes. Voy a contar hasta cien... en un tiempo de cinco minutos... Todos ustedes permanecerán inmóviles, como estatuas mientras yo cuente, los que hagan el mínimo movimiento tendrán que pagar una multa de cien Rupias........¡ Ahora comienzo ¡ Los veinticinco invitados asumen la rígida actitud de las estatuas de piedra. Ochentitrés, ochenticuatro, ochenticinco. Al llegar a ese numero el profesor ve con el rabillo del ojo, la Cobra Real saliendo de debajo de la mesa, y arrastrarse lentamente hasta el tazón de leche, de un salto abandona el norteamericano su asiento y corre hacia las vidrieras y cierra violentamente las puertas corredizas, mientras se oyen en el comedor varios gritos de espanto y salen en carrera muchos de los invitados.
Estaba usted realmente en lo cierto Coronel –comenta el anfitrión, dueño de la casa– Un hombre acaba de darnos un ejemplo perfecto de dominio de sí mismo”...... Un momento, - dice el profesor - volteándose hacia la dueña de la casa, ¿Cómo supo usted, Señora, que había una cobra debajo de la mesa del comedor?.....Una leve sonrisa ilumina todo el rostro de la interrogada Dama, que comienza en ese momento de nuevo, a teñirse con el color de la vida. “Pues.... –contesta ella – porque la sentí reptar y anidarse sobre mis pies.


ISILO
01/02/1970

domingo, 15 de noviembre de 2009

CUENTOS QUE MI ABUELA ME CONTO

LA CARA OCULTA

Siempre añoro con algo de melancolía y nostalgia, los cuentos que mi abuela solía contarme cuando niño: En este momento viene a mi memoria, un día cuando fui de paseo con ella. Eran tiempos de Semana Santa y fuimos al interior del país, en un tour que incluía su pueblo natal. Entre las muchas visitas que hicimos, en la que incluyó sus amistades, también tuvimos tiempo de visitar, pequeños pueblos, plazas, iglesias e ir a procesiones en varios de esos pueblos. En uno de ellos, del cual ya no recuerdo su nombre, me impresionó un soberbio mural, por lo real, que parecían los personajes de la obra, y además estaba como recién pintado en una pared lateral del interior de la iglesia. Casi todos los niños por su forma natural y lógica de actuar, siempre preguntan todo a los adultos, tal vez por el hecho de ser mayores siempre deben tener las respuestas a todo, así que como yo era un niño en ese momento, no fui la excepción, le pregunté a mi abuela, si ella sabia quien había pintado esa bella obra en esa iglesia, que me había impresionado tanto. Mi abuela compró una melcocha a un vendedor ambulante, me la dio, y me invitó a sentar en uno de los bancos que estaban bajo un frondoso Samán de la placita de ese pueblo. Yo me dispuse a comer el dulce, y con su característica calma y su voz anciana, aderezada con esa forma tan inteligente e interesante de narrar cosas, que siempre me gustó de ella, comenzó a contarme: Hace ya varios siglos, casi a comienzos de la conquista de Sur América, un obispo ordenó la construcción de una iglesia en una de las nuevas ciudades que se estaban fundando en el interior de la región, y le encargó a un celebre pintor, famoso en su pueblo de origen, y venido con los conquistadores, hacer un fresco en una pared del interior de la Iglesia. Un fresco muy especial, cuyo tema debía tomarse de la vida de Cristo. Trabajó el artista, en su obra, con una diligencia feliz, durante dos años, hasta darla casi por terminada. Le faltaban solamente dos figuras, muy importantes en su obra, Jesús adolescente, y Judas Iscariote. Buscó y buscó en casi todo el pueblo afanosamente, los modelos para sus personajes, sin mucha suerte. Paseando un día, por un barrio apartado del centro, en el que nunca había estado, se topó con un grupo de niños que jugaban en la calle, y se fijó que había entre ellos un muchacho como de doce años, cuyo rostro hizo dar un vuelco al corazón del artista. Era aquel semblante, el rostro de un serafín. Y bajo la capa de mugre y suciedad, adivinó las facciones de su Jesús adolescente, que tanto había buscado. Conversó con el niño y lo convenció para que lo acompañara hasta la Iglesia, para mostrarle su obra. El artista logró que el niño se lavara, se cambiara los harapos, se sentara y se estuviera quieto durante horas y horas por espacio de varios días, hasta que del pincel, movido por una fervorosa inspiración, salió angelical y perfecto, el rostro del niño Jesús, que tanto había deseado y tanto había buscado. Pasaron largos los años, y el pintor no encontraba el modelo adecuado para su retrato de Judas, y así paso el tiempo y siguió buscando afanosamente en vano, y no encontraba al modelo de su Judas. Entristecido y angustiado por temor a morir y dejar su obra sin terminar, comenzó con ayuda de los curas de las Iglesias de los pueblos vecinos, a divulgar por todos los rincones de la región, la noticia de su necesidad de un modelo para su obra. Y así acudieron de acá y de allá, muchos hombres que creían tener el aspecto avieso y malvado de Judas Iscariote. Pero ninguna de aquellas feas criaturas de repelentes caras, reunía los requisitos del soñado Judas, que se había propuesto el artista. Era el perfil de un tipo, que diera con el aire indescriptible de un hombre, en cuyo corazón la codicia y el ansia de poder, fuera destilando malignidad, hasta hacerlo rebozar en obras infernales. Alguien así como el acíbar de la envidia y el veneno, la representación humana del mal. Y sucedió un día en la taberna en que se hallaba el viejo pintor sorbiendo un vaso de vino. Entró tambaleante un hombre andrajoso, y de miserable aspecto, el que apenas atravesó la puerta, calló de bruces al piso, al mismo tiempo que pedía con una voz desagradable, áspera y ronca, ¡Ron, vino, vino, ron ¡Alzó el pintor al caído, pero al levantarlo y verle el rostro, se estremeció de pies a cabeza. En aquella cara habían dejado marcada su huella siniestra, todos los pecados del mundo, preso de gran agitación el anciano pintor ayudó al borracho a mantenerse en pie. Había encontrado por fin, el modelo para su Judas. Con algo de esfuerzo, logró trasladarlo hasta la Iglesia. Por el camino, no dejaba de ver el rostro del modelo, con el que por fin culminaría lo que le había estado llamando, su obra maestra a inconclusa,. Durante muchas horas febrilmente, trabajó el ya viejo pintor, para concluir su obra. A medida que avanzaba el trabajo iba operándose un cambio en el estado de ánimo y en la conducta del modelo. Una extraña y tensa tensión, sucedió a su forma natural de abotagamiento. Clavaba sus ojos encarnizados y sanguinolentos en su propia imagen, con una especie de terror y angustia. Un día advirtiendo, la angustiada emoción de su modelo, no pudo el maestro menos que decirle con bondadosa voz: ¿Que te ocurre, hijo, como puedo calmar tu angustia y tú sobresalto? El modelo rompió en llanto y ocultó el rostro entre sus manos, al cabo de un rato y aun entre sollozos, levantó sus ojos, implorantes al anciano maestro, y como pidiendo un milagro, le señaló el mural y le dijo: ¿No te acuerdas de mí, maestro? Yo soy aquel muchacho que hace muchos años te sirvió de modelo, para tu Niño Jesús.


ISILO MCMLXXIII

viernes, 14 de septiembre de 2007

CUENTOS QUE MI ABUELA ME CONTÓ

EL SECRETO

Cierto día que me encontraba con mi Abuela “Solita” acompañándola en una de sus salidas durante días festivos de la ciudad. Nos detuvimos en una posada en la carretera Trasandina, en Los Paramos de Los andes, donde ella siempre solía alojarse cada vez que iba de visita a esa región, luego de la cena comenzó a hacer amistad con la nueva dueña de la posada, y en medio de la conversación, con la señora Juanita, que era como se llamaba la señora, salió a relucir en medio de la conversación... La Mansión, abandonada, que estaba sobre la colina. Ella comenzó a contarnos sobre una curiosa conseja, que mi abuela, ya conocía –y que según nos dijo: Tenia razón suficiente para creer que eso no era un cuento– a continuación les voy a narrar con las palabras textuales lo que le contó Juanita a mi abuela: A mí me había impresionado mucho, el aire siniestro de aquella vetusta mansión antigua, cuando la vi por primera vez, ya que mi abuela me había hablado sobre su existencia, pero no la imaginaba tan lúgubre e interesante, con sus ventanas cerradas, sus puertas con goznes herrumbrosos y su basto jardín abandonado a toda suerte.
Desde que la vi por primera vez, traté de indagar, y le pregunté a mi abuela, sobre la historia de esa sombría casa, y me contó, que había pertenecido a un Señor muy rico que sé hacia llamar el Conde de Mondragon, y a la por supuesto, Condesa de Mondragon. Me contó también que este Señor era un hombre de carácter violento e inflamable, déspota, además de orgulloso y altanero, y que su mujer era todo lo contrario, dulce, devota y además muy linda. Como remate a mis preguntas, me enteré que la vida matrimonial de los señores, había transcurrido en la más apacible “Calma”. Al parecer, hasta que un día se marcharon ambos de la mansión, por caminos distintos, y los Andes, no volvió a verlos más. Dicen que el señor murió poco después en París y la señora convertida en un espectro vivo, encanecida, arrugada y envejecida antes de tiempo, vivió en una finca de su propiedad, situada en los llanos de Monay. Hasta su muerte.
Al enterarse mi abuela que Juanita, la dueña de la posada donde nos alojábamos, había sido empleada de la Señora Mondragon, mi abuela acrecentó su amistad con ella y le pidió que nos contara lo que había sucedido en aquella vieja mansión. Ella se negó al principio a hacer comentarios sobre su ex patrona y tuvo mi abuela que emplear su inteligencia, muchas argucias y todo tipo de artimañas, como forma de persuasión, y prometerle solemnemente que guardaría el más profundo secreto sobre las confidencias de lo que nos contara ella de lo ocurrido. A mi no se me hizo jurar nada, por que yo solo era un niño.
Reinaba perfecta paz en aquella unión, según Juanita. El señor Mondragon era muy altanero y exigente y la señora era muy dócil y se doblegaba siempre a su enérgica voluntad. Tan sumisa era que no profirió ni una sola queja ni aun cuando estuvo enferma una larga temporada y el egoísta de su marido para ahorrase molestias se trasladó a una habitación del piso de arriba. Ante lo cual ella, parecía que al haberse quedado sola, eso la consolaba y la aliviaba de un enojoso peso, y de moverse mas a sus anchas en su espaciosa habitación que daba hacia un hermoso jardín y a un camino bordeado de flores, que llegaba hasta el río. En uno de los rincones de aquella habitación había una chimenea y en el otro extremo, un amplio guardarropa de ella, quien cuidaba mucho del arreglo de su persona, no obstante la indiferencia de su marido.
Mientras duró la enfermedad de su mujer, él pasaba las noches en los sitios de diversión de una ciudad cercana, jugando a las cartas o charlando de política. Estaba la población por aquella época atestada de extranjeros que venían a visitar las cumbres nevadas y a comprar objetos típicos. Se fijo Juanita en un joven español, alto y de aspecto bizarro que siempre andaba solo, y merodeaba por las noches cerca de la Mansión. Y una de esas noches uno de los empleados de la caballeriza de la casa, lo había visto, a una hora bastante tarde, nadando en el río cerca de la Casona. El señor tenia por costumbre, encaminarse directamente a su habitación en el piso de arriba, cuando volvía de la ciudad. Pero cierta vez, ya entrado el invierno, dejó la farola al pie de la escalera y se dirigió por el inmenso corredor, derecho a la habitación de su mujer. Cuando se detuvo frente a la puerta, le pareció que dentro del cuarto, se cerraba apresuradamente la puerta el guardarropa. Entró y vio a su señora de pié al otro extremo de la habitación al lado de la chimenea. Se te ha hecho tarde, comentó la señora Mondragon con perfecta tranquilidad. En aquel mismo instante entró Juanita por la puerta que daba a la sala de baño y que se comunicaba al pasillo. Entonces, no era Juanita quien había cerrado la puerta del guardarropa, -pensó el Señor Mondragon- Juanita vio nublarse el rostro de su patrón con la sombra de la sospecha; lo vio después encenderse en súbito arranque de rabia. Asustada se dio mucha prisa en salir de la inmensa habitación. Se quedó Juanita del lado de afuera, y pegando el oído a la puerta oyó la voz dura y helada del señor Mondragon en que vibraba la amenaza. ¡ Señora... en ese guardarropa se oculta alguien! Su mujer contestó sin inmutarse. No se oculta nadie, Señor. Entonces se encaminó él, hacia el guardarropa. La señora se interpuso en su camino diciéndole: Te prevengo que si no encuentras a nadie ahí. ¡Todo habrá terminado entre nosotros! Le clavó él los ojos con fulgurante fiereza. -Está bien- No abriré esa puerta, yo sé mujer, que para ti la salvación de tu alma esta por encima de todo, y eso es lo primero para ti, en este mundo. ¡Jura por ella que no hay nadie en ese guardarropa y la puerta permanecerá cerrada por siempre! Descolgó de la pared un crucifijo, que era una primorosa obra de arte español, labrada en marfil, plata y oro y lo puso delante de su mujer, esta imperturbable coloco la mano derecha sobre la sagrada imagen, diciendo con voz firme: ¡Lo juro! Llama a tu criada - ordenó él – al presentarse Juanita toda asustada, él le dijo: Avisa al negro martín, el albañil, dile que traiga cemento, cuchara, ladrillos y la llana, que ha sobrado de la reparación del garaje. Juanita salió horrorizada a cumplir con el encargo de su patrón. Cuando volvió con el albañil, que no salía de su asombro, el Señor le dijo con ese acento que no admitía replica: Tapa esa puerta aprisa y sin chistar ni preguntar. Esmérate en tu trabajo y te prometo que no faltara nunca en tu bolsillo un par de morocotas de oro, con tal que no se te escape una palabra de esto, y sobre el trabajo que vas a hacer aquí, igual te prevengo a ti Juanita. Se quedó allí todo el tiempo siguiendo con mirada atenta el trabajo del albañil, la señora le pidió a Juanita que le alcanzara un chal, cuando se lo entregó, la muchacha sintió la presión de los dedos helados de su ama, y en los oídos esta suplica mortal tenuemente proferida, ¡Por Dios, dile a Martín, que deje un agujero, que se las arregle como el pueda! Y en alta voz añadió "Trae mas velas para que el albañil vea mejor” No se oía mas ruido que el producido por el roce la llana. El muro se levantaba cada vez más alto. Cuando iba ya casi por la mitad de su altura, Martín aprovechando que el señor estaba de espaldas tomado agua, rompió con la cuchara un cristal del pequeño separador que coronaba la puerta. En ese instante por el agujero, se asomaron unos ojos negros, dilatados por el terror, pero no se oyó él más leve ruido dentro. Cuando el señor se volvió de nuevo hacia el guardarropa, desaparecieron los ojos de espanto. Al amanecer, quedó terminada la obra.
El señor hizo venir a Juanita y a la cocinera y les dijo “La señora no se siente bien, y no quiero dejarla sola, que nos sirvan las comidas aquí” El señor Mondragon pasó veinte días en el aposento de su esposa. Hubo una ocasión durante los primeros días en que se percibieron ruidos apagados en el interior del guardarropa. La señora a punto, de desmayarse hizo un ademán de gritar y de confesar la horrible verdad.
Pero el señor atajó las palabras de la su mujer diciendo: ¡Haz jurado sobre ese crucifijo, que no había nadie ahí adentro! ¡ Eso es suficiente para mí! Al cabo de un rato dejaron de oírse aquellos leves rumores. ¡Solo se escuchaba el llanto ahogado de la señora!
ISILO 1975

jueves, 30 de agosto de 2007

CUENTOS QUE MI ABUELA ME CONTO

AVELINITA

De tiempos crepusculares ya pasados muy remotos, he recogido estos recuerdos y los he ido hilvanando en mi mente, para contar esta historia que viene a continuación. Porque es allí donde tienen su origen y su ambiente, y es desde allí donde debo comenzar a contar. Al comenzar a revolver algunos de estos recuerdos en mi memoria, pasó algo increíble dentro de mí, en lo mas profundo de mi ser, en el fondo de mi espíritu, que aun con sus yerros y sus aciertos, con sus grandezas y sus miserias, con sus tristezas y sus bonanzas. Fue donde verdaderamente todo esto ocurrió.

isilo 1999

Así como él titulo de este cuento, fue el nombre de bautismo cristiano de una mestiza parda, producto de la unión de un blanco venido de mas allá de nuestros mares, de la isla de Córcega llamado Jean Louis Lyon, y de Awina, una bella india pura de la raza Yekwana, proveniente de una de las laderas de la montaña de Chimantá, situada esta, en centro del Macizo Guayanés, que es la cordillera más extensa, mágica y hermosa de toda la Guayana. Chimantá, es una de las montañas más espectaculares del Macizo Guayanes, morada de una de las más ancestrales etnias arraigadas desde el principio de los tiempos de este planeta, en nuestro suelo; La Nación Yekwana. El nombre Yekwana Awina, traducido a nuestra lengua significa: “Flor de la Montaña” ella no tenia apellido, -cómo era común antes que llegara la "civilización" y los evangelizadores, a cambiarles conceptos a los aborígenes, que todos los habitantes que poblaban ese enigmático y misterioso mundo de la selva usaran solo su nombre, sin segundo nombre y sin apellidos- El nombre de un Yekwana lo encierra todo, todo lo concerniente a sus orígenes, a la creencia de su fe, a sus ancestros y todos esos misterios vedados a las personas comunes como nosotros, que por mas que nos esforcemos, nunca podremos llegar a comprenderlos en su totalidad. Como Avelinita, fue su primera y única hija, Jean Louis le dedicó todo el tiempo que tenia libre a enseñarle lo que pudo de su cultura Gala, y lo más elemental de lo que conocía de matemáticas y lo precaria que su gramática de nuestra lengua. De niña comenzó a hablar con fluidez el idioma francés y también su ancestral idioma materno Yekwana, así como también la lengua criolla, la que aprendió con rapidez con las mujeres que trabajaban en su casa. A, Awina le tomó mucho tiempo, transmitirle su cultura ancestral. Con el tiempo la niña llegó a conocer las plantas de la selva, y también su utilidad como ”Medicina India”. Y a comprender en su cultura, el significado de los cantos, los bailes, las comidas y bebidas, y algo sumamente importante para un Yekwana, a hacer y comprender los caracteres y dibujos de las labores de tejidos, en los diferentes cestos, manares, sebucanes, esteras y otros enseres, hechos con la palma del Moriche, que son los textos donde la Nación Yekwana y algunas otras naciones aborígenes americanas, relatan, archivan, y exhiben la historia de la creación de su mundo y de sus antepasados, para así mantener viva su tradición y transmitirla a la posteridad de sus descendientes. Tomando en cuenta las dificultades de la época y la zona topográfica donde Avelinita nació y se crió. Estoy recordando y narrando una historia, que comenzó allá por los años de 1850 que es cuando Jean Louis llega y se establece por primera vez en la selva. La plantación estaba situada, del poblado más cercano, llamado Guasipati, como a una distancia en línea recta atravesando la selva, por trochas, a mas de 20 Kilómetros aproximados. Enclavada la posesión para ese entonces, en pleno corazón de esa misteriosa y exótica, selva tropical de la Guayana Venezolana y unido por caminos de recuas y carretas a otros poblados como Upata, El Callao, y Tumeremo. Como ya lo he narrado anteriormente, su padre le enseño primero a leer y a escribir en francés y después nuestra lengua. Por eso cuando ella hablaba, tenia acento gracioso que tiene algunas francesas, de arrastrar las erres cuando hablan el lenguaje criollo. Cuando tuvo edad suficiente, su padre contrató una profesora que venia de un colegio Inglés de señoritas de Geogetown, para entonces Capital de Guayana Inglesa. Cuando Avelinita terminó de estudiar con la profesora Miss evangeline, su padre ya se había convertido, en un comerciante respetable, minero y criador de ganado. Entonces comenzó otra etapa en la vida de Avelinita, fue la época cuando Jean Luois la envía a la casa de su tía Margarett, hermana de su padre a Cayena, capital de la Guayana Francesa, en Cayena se dedica a perfeccionar el idioma francés que su padre le había enseñado. A su regreso de Cayena no pasa mucho tiempo en la plantación, Su padre está planeando un viaje a París por varios meses, con su familia, su estadía en París no es desperdiciada, la inscriben en la Madeleine, academia parisina de señoritas, allí amplia su cultura general y se inclina por las letras y los idiomas. De regreso el barco en que venían, que tenia por nombre “Century XX” se detuvo en Paramaribo, Guayana Holandesa, tiempo que aprovecho Jean Louis, para establecer vínculos comerciales y hacer algunas compras para sus negocios, eso duró dos meses, durante los cuales la muchacha estuvo mientras tanto en la “Deuscheacademy” aprendiendo algo, sobre la cultura holandesa. Corría el año del señor de 1886, y tenemos a estas alturas, a una mozuela que tocaba el piano con bastante soltura, escribía y recitaba poesías con una rima excepcional en varios idiomas y que hablaba además de la lengua Yekwana, cinco o seis idiomas diferentes, incluyendo el dialecto Corso, que su padre por amor propio le había enseñado, por pura fonética y sin ninguna regla gramatical.
Huyendo de algunas de las injusticias, que nos depara la vida, en su cotidianidad, y buscando el sosiego y la paz que le fue negada en su tierra natal. Llega a este lado del Río Orinoco, a quedarse para siempre, un apuesto y espigado joven. Usando como pretexto el argumento de una frase de un antiguo sabio: “La verdadera Patria de un hombre, no es el lugar donde nace, sino el sitio donde encuentra su verdadera felicidad” Inicia su diáspora este joven en Bilbao con rumbo a Manaos Brasil. Por ese entonces era un mozalbete, esbelto y alto, nacido en el País Vasco, tierra de gente maravillosa, y trabajadora incansable, de una tenaz convicción en la libertad, la esperanza y fe en el futuro, amasada con desesperación, lucha y sufrimiento. José Antonio López Etxegarreza, llega a la selva y también a nuestro cuento por accidente, el “Vapor” en que venia de Europa rumbo a Manaos, viene retrasado, funcionando a media capacidad, y entra por el río Orinoco a reparar una avería en su sala de máquinas. Hecha anclas frente al pueblo de Caicara en toda la orilla derecha del río Orinoco. Durante el tiempo que pasa, mientras reparan la avería del Barco, José Antonio, va yendo y viniendo entre Caicara y Ciudad Bolívar, y en una de esa idas y venidas, le pica la curiosidad, o mejor dicho con otras palabras “Le pegó la fiebre del Oro” Porque la leyenda del Dorado, está aun en nuestros días vivita y coleando. Es así como el muchacho ilusionado con una riqueza súbita y fácil, emprende un día camino rumbo al Callao, en compañía de un grupo de mineros de esos que lavan la arena de los ríos con batea. Un día llega a Guasipati, a una Bodega, propiedad de Jean Louis Lyon, que es el sitio de reunión de casi toda la gente de ese crucero y pueblo, y entre copas de vino y tragos de ron, José Antonio entabla conversación con este, y hacen una rápida amistad, Jean Louis logra persuadirlo de su sueño de minero, y lo invita a formar parte de la nomina en su mina “El Bochinche” con el cargo de guardián de caravana, cuya misión consistía en custodiar las recuas de mulos, en los que sobre sus lomos cargaban las sacas de tierra, el producto en bruto extraído de las entrañas de nuestra tierra. Era un trabajo duro y arduo, ese de atravesar la inmensidad de la selva, hasta llegar a las riveras del majestuoso Orinoco. Los costales preñados de tierra y piedras eran cargados en gabarras, para ser transbordados a un barco de vapor que los esperaba en medio del inmenso río, y de allí ser llevados rumbo a Inglaterra donde le era extraído el precioso mineral a esas piedras.Este vivaz mozo, desde que llegó le echó el ojo a Avelinita. El diminutivo del nombre que desde niña usara; “AVELINITA” lo usó hasta su muerte, José Antonio, siempre que venia de regreso le traía flores, bombones, libros y otros recuerditos que compraba en Ciudad Bolívar, así comenzó este noviazgo. No tardó mucho Jean louis, en aprobarlo, lo que culmino en una pronta boda en la Capital del estado. En la casa de su compadre y amigo Inocencio Casado, quien poseía una inmensa mansión colonial, fue donde se realizo la ceremonia nupcial, y a la que asistieron todos los comerciantes y amigos de Jean Louis, Hasta el Presidente del Estado Bolívar fue invitado. De esa unión, nació en la capital, del estado donde fue trasladada Avelinita en un coche con todas las comodidades, debido a que era su primer parto, y temían por su salud, allà por Agosto del año del señor de 1880, su primera hija, a quien llamaron Soledad. Fue bautizada así en honor a la inmensidad de la selva y como se sentían en ese medio. Luego nacieron los siguientes Josefa, nombrada así por su padre, Margarita, por la hermana de su abuelo, Luisa por el nombre de su abuelo, y José Antonio, el varón deseado de primogénito pero llegó de quinto, y por ultimo Aída, por la opera e Giussepe Verdi muy de moda en Europa para entonces. Primero muere Awina, de una enfermedad causada por una fiebre desconocida para esa época, en los comienzos del año del señor de 1890, tiempo después de retornar de un viaje a la capital del Estado donde muy poco pudo hacer la medicina conocida que disponían, y tampoco la mágica Medicina India. Poco tiempo después, mas o menos de igual forma, por la fiebre, atacado por un mal bien conocido, pero sin definir, Paludismo, Fiebre Amarilla, o tal vez Malaria, finaliza su capitulo en este libro y la vida en este mundo, Jean Louis Lyon.
Con los acontecimientos sucediéndose tan rápido, los relevos comienzan a desplazarse también rápido, es así como pasan a ser entonces José Antonio y Avelinita, la cabeza de esta familia. Ahora convertidos en dueños y señores, José Antonio se encarga de la parte dura del trabajo, como manejar las posesiones que dejaron Jean Louis Y Awina, Avelinita se encarga de las cuentas y los números donde era muy buena. Compartiendo el trabajo de controlar la peonada de la plantación, en las faenas del campo, en la cría e ganado de su predio rural llamado La Caimana, un hato de ganado vacuno y ovejas, una bodega, y el arrendamiento del Bochinche. Avelinita trato de darle a Soledad, su hija mayor, la misma educación que recibió de sus padres, enseñándole de la misma forma que los Yekwanas enseñaban a sus hijos a ser independientes, autónomos y valerse por si mismo, en otras palabras, a tomar sus propias decisiones. Así que fue enviada a Georgetown al mismo Colegio de donde había venido la profesora, Miss Evangeline que fue su maestra. Su madre no la envió luego a otros colegios donde ella había estado, por la angustia que vivió al separarse de Soledad por dos años y así que decidió no alejar mas a sus hijos de su lado. Las tardes transcurrían largas, lentas y pesadas, como empalagosas, en aquel rincón del universo enclavado en el corazón de la casi desconocida selva venezolana. Corría el año del señor de 1896. Presumo que ya Soledad, se estaba sintiendo, como la Florinda, de ese poema que unos años mas adelante, en 1921, escribiría Andrés Eloy Blanco. Y que en una prosa romántica y sarcástica, Dice así: "Al Hombre mozo que te habló de amores Dijiste ayer, Florinda que volviera, porque en tus manos te sobraban flores para reírte de la primavera. Llegó el otoño; cama y cobertores y te dio en su deshojar la enredadera, y vino el hombre que te habló de amores y nuevamente le dijiste espera. Ahora esperas tu visión remota, Campiña gris, empalizada rota. Y sin calor el póstumo retoño, que te dejó la enredadera trunca, porque cuando el amor viene en otoño, si lo dejamos ir no vuelve nunca".
Soledad a estas alturas ya había pasado los dieciséis años y esa edad, a finales del siglo diecinueve, se daba por seguro que de no conseguir marido iba a quedar pronto “Pa’vestí santo en la Iglesia” o en otras palabras, ya se podía considerar solterona. Una de esas dilatadas y calurosas tardes de la selva, Soledad sentada en un Poyo de la ventana de la inmensa casa, lee un libro y de vez en cuando mira hacia la selva, como todos los días, otea la distancia, observa los peones trabajando en la lejanía de los bucólicos espacios arrancados a la jungla para criar ganado. Todo aburre, porque todos los días son las mismas imágenes, las mismas sombras, la misma tarde, nunca cambia nada en el paisaje. Sin embargo, una tarde de pronto se interrumpe la rutina del eterno e inmóvil paisaje de todos los días, en la lejanía se divisa un jinete desconocido, que con su presencia insolente, desgarra el aburrimiento del paisaje, - desconocido, porque Soledad se conocía de memoria toda la planicie y también todo cambio que sucediera en el paisaje - ¿Quién será ese jinete vestido de blanco, que galopa tan rápido, ese caballo blanco? esa pregunta se la hace Soledad a sí misma, mientras la figura se va haciendo más nítida y más grande, hasta traspasar la blanca muralla que protege la casa. Cuando el caballero de blanco se apea del macho sudado, Soledad no sabe que decir, se queda muda, como impactada. Tampoco puede ocultar su desasosiego cuando el hombre la mira a los ojos y en un tono autoritario, como un hombre de mando le dice: “¿Niña, esta es la casa de José Antonio López?” La joven tartamudeó y apenas pudo balbucear palabra, pero no era timidez lo que hacia tartamudear a la muchacha, porque Soledad no era tímida, solamente que había quedado como petrificada, con el porte de aquel caballero mozo, un hombre alto, quizá mas alto que su padre, como de veintiséis años, de ojos negros penetrantes y misteriosos, blanco y buen mozo, vestido elegante, con modales y ademanes de hombre de ciudad, con sortija de oro en el dedo meñique de su mano izquierda y una gruesa cadena de oro a la altura del estomago, que le cruzaba el chaleco de seda azul marino, con pequeños dibujos amarillos de la flor de lis. De todo esto se dio cuenta Soledad, en un santiamén, antes de contestar, ¡ sí señor, él es mi padre! Pues dígale a su padre, que su sobrino Francisco José López, está aquí. Soledad se dirigió a la cocina de inmediato, llamó a una criada india, para que trasmitiera su orden a un peón que montara a caballo y buscara a su padre en El Bochinche, que era como llamaban la mina. Soledad, como dije en un principio, no era tímida, inmediatamente entabló conversación con aquel pariente, extranjero, con acento extraño, que le hacia recordar a su padre cuando se enojaba y les reclamaba un trabajo mal hecho a los peones, y le hablaba con aquel acento ancestral que nunca se olvida y que en los momentos en que no logramos dominarnos, retorna.Y así como fue de rápida, haciendo la observación del inventario, cuando llegó aquel mozo, también comenzó a trazarse un plan. Ese hombre no lo dejo escapar de aquí, aunque sea lo último que haga. Ni por que sea mi primo. Esos eran los pensamientos de Soledad, cuando recatada y pundonorosa llevaba a su primo a conocer todos los rincones del predio La Caimana, haciendo tiempo mientras servían la cena y llegaba su padre. En su ansia de escapar del encierro de aquella región, le motivaba a preguntar mucho, sobre la madre patria de su padre, como era Bilbao, Vizcaya, también preguntaba por España, y entre la conversación y el mostrar la hacienda, no hacia sino mirar la vestimenta citadina, de buen gusto del apuesto joven, nunca había visto un hombre así ni en Upata, Ni en Ciudad Bolívar, ni en Georgetown, bueno, en Georgetown lo que había eran negros, Chinos, Hindúes y Coolies, y los ingleses blancos eran muy rosados y pálidos para su gusto, no tienen el atractivo que tienen los hombres blancos de origen greco- latino, tostados por el sol o mezclados con Moros, como lo había leído en una novela rosa de Falchau. José Antonio llevó a su sobrino a conocer la mina “El Bochinche” durante el trayecto conversaron sobre muchas cosas, sobre viejos recuerdos, sobre su hermano Luis ya fallecido, padre de Francisco. El trabajo era duro en la mina. Había muchos hombres cavando, y empacando la tierra en sacos de yute. De vez en cuando “El Musiú” Inglés, ataviado de pantalones cortos de Kaki, y un ridículo sombrero de corcho agarraba una piedra y se sonreía, cuando veía el metal amarillo amalgamado en la roca.
Era representante de una compañía extrajera que tenia la concesión de otra mina ya agotada, y había hecho un negocio con Jean Luis, de comprarle sacos de tierra como salieran, para engañar a su empresa y al estado, y hacerles creer a sus jefes que el material que llevaba era de su mina, y al estado para que no le obligaran a negociar otra concesión. Pero el Bochinche no estaba ni siquiera cerca de los predios permitidos al “Musiú” sino en las tierras de Jean Luis que si eran propias, porque además de tener todos sus documentos en orden también tenia la palabra del Jefe Yekwana que las entregó como dote cuando Awina se casó con él, pero Jean Luis también hizo sus trampillas al Inglés, como dicen en Córcega, entre Col y Col, Lechuga, y además Jean Luis no tuvo medios de sacar el oro en forma industrial y por eso hacia su buen negocio vendiendo al contado y en efectivo los sacos de tierra. Además el transporte era otro negocio aparte, ponerle los sacos a esta gente de la Callao Mining Company, su material a las orillas el Río Orinoco era casi tan costoso como el saco en sí, había que atravesar un gran trayecto de selva virgen y peligrosa. José Antonio, mantuvo el trato con los “Musiues”, original como lo mantuvo su suegro, pero eso no impedía que el también sacara trozos de roca con vetas amarillas que anunciaban el oro de la mina y lavara algunas bateas y también sacara Cochanos del río, todo esto lo procesaba en forma artesanal, José Antonio en una especie de cobertizo donde tenia además de la fundición artesanal, un taller de carpintería y herrería. En uno de los numerosos viajes a través de la selva con los caravaneros, fueron atacados por salteadores de camino, que presumían que las sacas que cargaban las recuas de mulos iban repletas de oro. En la defensa de su cargamento de tierra y piedras, el grupo de hombres repelió el ataque a tiros, evitando el asalto pero no que hirieran a su patrón, que en ese encuentro cayó herido. José Antonio que normalmente ya no acompañaba las caravanas, a menos de aprovechar la compañía y el viaje para ir a Ciudad Bolívar de compras. La convalecencia y recuperación de José Antonio, hace que francisco tenga que posponer su viaje y quedarse para ayudar en la faena diaria de la posesión. Durante ese tiempo, Soledad se muestra muy activa en ayudar y enseñar a su primo lo poco que sabe sobre el manejo de sus propiedades. Comienza a dar frutos el plan fraguado por Soledad, Francisco se empieza a fijar en ella como mujer y aun no recuperado José Antonio él y Avelinita, dan el permiso para la boda de Soledad con su primo, con algo de angustia por el parentesco. De esa unión nace en la población de Upata, Clemencia en el año de 1.908 y luego cuatro años mas tarde Rafaela en 1.912 en una población más cercana a la hacienda llamada Guasipáti. Pasan el tiempo rápido y muere José Antonio, quien nunca se pudo recuperar de las heridas de bala y como si cumpliera una promesa, Avelinita lo que hace es llorar y no desea comer mas, tres meses después la muerte cobra lo suyo y se lleva a Avelinita. Francisco, Soledad y sus hermanos tratan de seguir con la tradición de la familia que fundó Jean Louis Lyon y Awina, pero la realidad es muy diferente a como se hacen los planes y se desea que funcionen. Las hermanas de Soledad querían su parte de la herencia de sus padres, para irse a otros sitios con sus esposos, su hermano José Antonio que se había encargado de la tienda hizo un buen trabajo en la parte de los licores, se los tomó o los “negoció” casi todos. La gente del pueblo solía verlo borracho de sol a sol en la plaza del pueblo, dejando la tienda sola o en manos de empleados que hacían de las suyas. Con estas presiones no le quedó mas remedio a Soledad y Francisco que vender los terrenos del Bochinche con mina y todo, y también la bodega. Se quedaron con la Caimana y con ellos Margarita y la pequeña Aída aun solteras, los demás cogieron las de “Villa Diego” con sus maridos y sus reales, a establecerse en otra parte del país, mas civilizadas, así decían los que se marcharon. De José Antonio, lo que puedo decir ayudado por cuentos de otras personas, además de revisar y buscar en mi memoria es que: en lo que le echó mano a su bolsa de Morocotas se desapareció del mapa. La vida siguió fluyendo lentamente como siempre en el hato La Caimana, como si aquella otra parte que desapareció no hubiera existido jamás. Una tarde se oyen voces en tono alto y alteradas, es una discusión que tiene Francisco con el capataz de la hacienda, por un ganado sin herrar que no está en la manada, se refería a un grupo de crías que ya debían haberle puesto el hierro con la marca de La Caimana, y han desaparecido.
La cosa no terminó ahí, a la mañana siguiente sale Francisco y Soledad van a Guasipati para hablar con el comisario y poner la denuncia, regresan tarde ese día después de aprovechar el viaje para hacer unas visitas y unas compras, vienen sin prisa como lo han hecho siempre en uno de esos coches que llamaban Landau. En un recodo del camino, donde hay que aguantar un poco los caballos para pasar un arroyo, de súbito, estampidos de disparos rompen el silencio de la tarde en la selva. Comienzan las Guacamayas una alharaca y salen volando de los altos arboles, los monos con sus chillidos de miedo parecen advertir el peligro, pero ya es tarde, se oye galopar de caballos a todo trote. Los caballos del coche se desbocan y corren sin control. Ya cuando soledad logra detenerlos, los alevosos que han disparado deben estar muy lejos. La capota del Landau deja colar por los agujeros que hicieron los disparos, largos rayos de luna. Soledad se repone del susto y pregunta a Francisco como esta, el hombre todavía sentado en le sillín del cochero, respira con dificultad y responde, - da la vuelta y volvamos al pueblo. Pequeña, estoy herido -. Trabajosamente Soledad acomoda a su marido el asiento de atrás y contrariando sus normas azota los caballos sin piedad hasta sacarle mayor velocidad y sangre también. Durante la travesía, Soledad no para de hablarle a Francisco sin voltear hacia atrás ella cree que si mantiene ese contacto con él logrará llevarlo vivo, llegan al hospitalito donde nació Rafaela, el guardia sale en carrera a buscar al doctor y también al comisario. La mala noticia a esa hora corre como candela en sabana seca, alrededor del hospital y de la comisaria se han reunido un buen numero de sonnolientos curiosos, vecinos del pueblo y amigos de la pareja, los que de inmediato son reclutados por el comisario y sus alguaciles para perseguir a los salteadores de camino. El comisario, como que sabe donde comenzar a buscar. Se dirige directamente hacia La Caimana, con su tropel de gentes, cuando llega, cosa rara, nadie sale a recibirlos, aunque habían hecho mucho ruido, porque eran 23 hombres a caballo y armados. En las casas de los peones y del capataz no se oye nada. El Comisario era uno de esos que llamaban indios zambos, zamarros y que según decían estaba puesto allí por orden del Coronel Tarazona, ayudante personal del General Gómez, Presidente de los Estados Unidos de Venezuela. No creía sino en la ley de su 45, estaba bendecido por el poder y la fuerza según él. En vista que nadie salió comenzó por revisar los establos, el sabia cuando un caballo había corrido y cuanto tiempo hacia que estaba descansando, de los doce caballos que estaban en ese establo solo tres no pasaron la prueba del comisario. Siguió al otro establo y de los diez solo le llamó la atención un hermoso tordillo todavía sudado que por la estampa imaginó que debía ser de alguien mas allá que un peón, porque los caballos de Don Francisco descansaban en un cobertizo al lado de la cochera cerca de la casa. Nuevamente se dirigió a las casas de los peones y tocó a una de sus puertas y no se oyó nada, siguió tocando y se oyó un ruido de crujir de catre y pies arrastrándose y abrió la puerta una mujer desgreñada preguntando: Quién es? Y a su pregunta le respondió el comisario con otra pregunta: Dónde está tu marido? La mujer tartamudeó... durmiendo por que? El comisario de un salto entró en la casucha y agarró por el cuello al durmiente y comenzó a interrogarlo donde esta tu Chopo Gran Carajo... allí comisario en el rincón le respondió el hombre... que pasa comisario? El Comisario Albino era muy conocido en toda la región, pero no por sus buenos modales, ni su buen carácter, así que por la presión en el cuello y aquel revolver gigantesco metido en su boca, el peón comenzó a decir cosas inteligibles que el comisario si entendía. Amarrado el hombre en una talanquera, se dispusieron a buscar a los demás. Ya en muchas de las casas de los peones había luz y se oían voces, al llegar a otra casa un hombre había saltado por una ventana y salió en veloz carrera en medio de la obscuridad. No llegó muy lejos, de los cincuenta tiros que le echaron, por le menos treinta le pegaron en su flaca humanidad. El capataz fue sacado del cobertizo que usaba Francisco de carpintería y de taller, donde se había escondido ayudado por la obscuridad. El comisario Albino muy ufano, hacia comentarios a viva voz, “Estos carajos como que creen que pueden engañar la Ley, pero aquí estoy yo para hacerla cumplir”. Y así con un muerto liado a un mulo y una fila de siete hombres amarrados, abandona el comisario el hato la Caimana, no sin antes con mucha calma, tomarse un cafecito tinto que había mandado a preparar. La comisión llega a Guasipati a media mañana con su cargamento de prisioneros, solamente tres llegan vivos al pueblo, los demás incluyendo al capataz a quien apodaban Morocoto, quizá habían se habian caido por el camino y al no poder levantarse, y los caballos seguir halando las sogas, se ahorcaron. El Comisario Albino a manera de chiste dijo: a lo mejor se murieron de miedo por que ellos sabían que yo mismo los iba a interrogar. Francisco estaba muy mal, dos de los siete tiros habían hecho blanco en su humanidad uno en la pierna y otro en el pecho. Soledad no lo dejó ni un momento solo, hasta que murió como a las cinco de la tarde de ese día. Con mucha lentitud, como el que no tiene esperanza en el futuro ni mucha prisa por vivir, comienza Soledad cargada de silencio el largo camino de regreso a casa. Adelante va el Landau conducido por un muchacho del pueblo, detrás una carreta de dos caballo prestada por su amigo y compadre Inocencio Casado, sobre la carreta un cajón de madera con los restos de Francisco, sentada en el piso de la carreta al lado del ataúd va Soledad, detrás como cerrando el cortejo vienen amarrados un mulo y dos caballos que devolvió el comisario, esos veinte kilómetros de distancia se hacen muy largos. Soledad no ha derramado una sola lagrima todavía, ya habrá tiempo suficiente para llorar, tiempo para consolar, tiempo de lamentos, y tiempo de recordar tiempos idos. En ese momento lo que mas necesita es coraje y fuerza para dirigir la familia y la propiedad por buen rumbo. Piensa Soledad. Francisco fue enterrado sin mucha ceremonia al pie de un inmenso Samán que estaba plantado como a 80 metros de la casa, donde solía sentarse a leer sus libros en idioma Vasco, los días de descanso. Los meses siguientes a la muerte de Francisco José, van a ser muy duros, porque a una mujer sola le va a resultar difícil remontar esa cuesta. Los peones no están acostumbrados a recibir ordenes de mujer alguna, ni que sea la patrona, dueña y señora. Una mañana Soledad sorprende a todos, sobre su largo vestido de Organdí estampado de florecitas negras, exhibe en la cintura, una canana, se ha puesto el cinturón de Francisco con su revolver le rodea dos veces la cintura una ristra de balas. Da ordenes de inmediato apoyando su mano sobre la cacha del revolver, los peones a regañadientes obedecen. Pero quien sabe por cuanto tiempo, Soledad lo sabe también, no puede matar a un hombre tan solo porque no obedezcan su orden. El compadre Inocencio va un día de visita a La Caimana. Fue llamado por Soledad, en ese momento se comienza a desmembrar la propiedad de la hacienda.
Le da la misión a su compadre de vender por lotes las reses y las ovejas, para que rápidamente sean colocadas, necesita mucho efectivo. Soledad despide casi toda la servidumbre, y la mayoría de los peones. En su cabeza está fermentando y burbujeando una idea que le dio, en una carta su hermana Luisa, le dijo: que se fuera a vivir a Caracas, que era una ciudad muy fresca, tranquila, y muy agradable. Con tanto ajetreo apenas se ha dado cuenta que está preñada, esto complica un poco todos sus planes, piensa Soledad, porque es una alegría y una tragedia a la vez, porque ahora hay que acelerar todo el proceso de venta del hato y la posesión, eso no será tarea fácil. Una noche reúne todas las monedas de oro que tiene, y comienza en un privado silencio, con un proceso de coserlas al forro de un abrigo de Francisco, aquello pesa un quintal, pensó cuando se midió el abrigo. En la mañana, va al pueblo y le da un poder a su compadre Inocencio, para que venda lo que quede, y si no puede vender La Caimana, que la arriende. No se va a despedir de nadie, ni va informar a ninguna amistad como ni cuando se va, es una huida. Siente pena por sus amigos, siente mucho dolor por todo lo que le ha sucedido y cree que lo mejor es salir huyendo en forma furtiva. En la cochera, silenciosa y casi escondida, solamente ayudada por Indalecio y Ramón, dos indios que fueron criados desde niños por Avelinita, fieles y leales como el perro ovejero de Francisco, se disponen a armar los techos de dos carretas y a darle los últimos ajustes al coche. A pasado una semana desde que empezaron los preparativos ya están listos, solo faltan detalles, ese día almuerzan en la cochera, con frugalidad y continúan el trabajo montando en una carreta todo lo de valor que consiguen en la casa, pero liviano. Con nostalgia le da un adiós a su juego de cuarto, que fue mandado a traer de España, por José Antonio su padre, no puede ocultar una lagrima cuando le pasa la mano por encima al piano que fue de su madre. Ya esta cargada la primera carreta la otra la acondiciona con edredones y colchonetas para que sirva de dormitorio de ella, sus hermanas, y sus dos niñas, además almacena parte de los alimentos en cajas y latas, no sabe cuento durará el viaje, nunca ha preguntado a nadie, y ella no ha viajado por tierra mas allá de Ciudad Bolívar. Mañana en la noche es el mejor momento, le dice a sus fieles indios, no habrá luna, dice Indalecio.
Indalecio insiste en llevar una vaca amarrada a la ultima carreta, para alimentar a las niñas, con leche fresca. Soledad desecha la idea, la vaca los haría andar muy lentos, podemos comprar leche en cualquier fundo del camino, les dice. Ese día ella le da, lo que sabe que es, la ultima mirada a toda su casa, en cada una de las habitaciones reza una oración, sale de la casa y se dirige hasta la tumba de Francisco, también sabe que nunca mas volverá a orar aquí. Por que se marcha a otro mundo, con otras personas, otros nuevos amigos, otros nuevos todo. Ya está todo listo, Ramón abre el portón y sale el coche seguido por la primera carreta, que guía Indalecio, Soledad para el coche de repente y se apea, se dirige nuevamente a la casa, y de regreso trae en su regazo como un bebé, un reloj de pared, ante la mirada atónita de los indios, responde; no voy a dejar este reloj. Se lo trajo mi abuelo a Awina de París. Pasado mañana cumplirá 34 años. Junto a Margarita de 19, Aída de 13, sus hijas Clemencia de 6 años y Rafaela de 2, una hija en el vientre y sus hermanos de crianza Indalecio y Ramón, sale la caravana sin mirar hacia atrás ese 6 de Agosto de 1.914, rumbo a Caracas, a un destino incierto. Soledad guiaba el Landau y pensaba: A soñar otros sueños, ó como decía Papá: “La verdadera patria de una persona, no es el lugar donde nace, sino el sitio donde encuentra su verdadera felicidad”.

ISILO 1999

CUENTOS QUE MI ABUELA ME CONTO

LA MONEDA
Mi abuela “Sólita” solía conversar mucho conmigo y entre las conversaciones que teníamos, muchas veces surgía un pasaje o un acontecimiento que la había pasado ella ó a alguien conocido de ella, como por ejemplo el día que me contó esta pequeña historia, que había ocurrido en un pueblo cercano a su ciudad natal. Tenía yo para ese entonces, cerca de diez años, y todavía siento la emoción que me causó y como en este momento se me asoman lagrimas en mis ojos cuando recuerdo lo que le pasó al pobre Francisco.

ISILO

Terminadas ya las contiendas civiles por allá en los años de 1880, regresaron a sus pueblos y a sus aldeas casi todos los milicianos combatientes que quedaron vivos.
En una paz laboriosa de ese futuro que siguió, todos ellos lograron cierto grado de bienestar y alguno con mas suerte que otros, logró una prosperidad económica preponderante, todos menos Francisco, unos disparos hechos por el enemigo en la guerra, le habían hecho perder parte de un pie y unos dedos de su mano. Le habían quitado parte de su fuerza de trabajo, y parte de su destreza; era un lisiado, casi un inútil para trabajar el campo, donde se requiere, estar mas que completo, porque es una faena muy exigente, con horarios casi ilimitados.
Y fue así como esa indeseable señora: Se instaló con toda comodidad en su hogar, como un miembro más de su familia; La Pobreza.
Pero ex miliciano además de valiente era demasiado altivo y orgulloso para mendigar la caridad publica ó pedir a sus amigos ó parientes, así que decidió soportar a aquella desagradable dama, con mucha paciencia y mucha dignidad, y mucho decoro.
Todos los años se reunían los ex combatientes en la casa de alguno de los más pudientes, que habían acumulado algo de fortuna para: con una cena, celebrar y volver a recordar. En aquella ocasión lo hicieron en la casa Augusto, que había hecho una bonita fortuna con la ganadería, y le gustaba pavonearse de ella. Al final de los postres, sacó Augusto varias monedas de oro muy antiguas, de gran tamaño y buen peso. Y se ufanó y parloteó largamente sobre, la antigüedad, sus rarezas, y su valor inestimable, dejando con la boca abierta a todos sus antiguos camaradas. Todos las examinaron atentamente pasándolas de mano, en mano. A los siguientes instantes comenzaron a hacer efecto los copiosos tragos de los costosos Coñacs, y Añejos vinos, con los que Augusto había estado brindando. Y de ahí en adelante fue reír, charlar, cantar y gritar.
Nadie recordó ni habló más sobre las monedas, hasta que, horas después, Augusto quiso guardarlas. Faltaba una moneda y nadie sabia dar razón de ella. Se produjo un momento de confusión, rumores, de preguntas, respuestas, y de protestas. Por ultimo el cura del pueblo - qué también era invitado - propuso que se registrase a todos los presentes. Todos los viejos camaradas accedieron a eso..... Menos Francisco. Sus antiguos compañeros le miraron con sorpresa y con recelo. ¿De manera que té niegas? Le preguntó Augusto con la cara y el acento de la incredulidad –Si me niego- le respondió Francisco… –sonrojándose- no lo puedo tolerar… No soy delincuente, y nunca he permitido que se me registre… dijo Francisco… Los demás fueron uno a uno, volteándose los bolsillos. No apareció la moneda. De nuevo todas las caras voltearon y clavaron en el infeliz Francisco, todas las miradas inquisitivas y acusadoras. ¿Supongo que ahora no seguirás insistiendo en tu negativa, y no te negarás?... Le dijo el cura del pueblo... Francisco no contestó. Augusto con la cara roja por la ira, salió indignado del comedor. Ninguno de los presentes ahí reunidos, le volvió a dirigir la palabra al desventurado e infeliz Francisco, que bajo las miradas casi compasivas de sus amigos, tuvo que marcharse de aquella casa, corrido, y peor aun, con la mancha lamentable de una duda, de un hombre convicto de robo.
Desde aquel día, Francisco vivió en un total aislamiento, por que esa lamentable noticia corrió como pólvora prendida entre sus vecinos y antiguos conocidos, que le volvían la cara cuando lo veían venir cojeando por las calles del pueblo. Fue hundiéndose cada día más en una pobreza miserable. Poco tiempo después murió su mujer, de una de las muertes más dolorosas e indignas, que pueda tener una persona... murió de hambre, nadie en el pueblo se preocupó en asistir a su entierro, comentando de paso que había muerto de vergüenza.
Pasaron lentos y pesados los años para Francisco. El suceso de la moneda ya casi se había olvidado, y lo que quedaba de él, era algo así como una conseja popular, un cuento.
Augusto en medio de su prosperidad, comenzó un día hacer unas reformas a su casa. Y en medio del alboroto que causan los trabajos: uno de los albañiles que había contratado para tales menesteres, encontró la famosa moneda perdida, escondida, y tapada entre el polvo de una rendija de las tablas del piso del comedor, donde se había celebrado aquel famoso y memorable banquete.
Aunque Augusto era un hombre vanidoso, prepotente, hechón y arrogante. Augusto, era un hombre justo, honesto, y muy correcto, con aquella prueba irrecusable de la inocencia de Francisco, se fue corriendo por las calles del pueblo, de inmediato a ofrecer sus disculpas por aquel agravio que le había hecho a su antiguo camarada y amigo, años atrás. Corrió apresurado hasta la casa del humillado miliciano. Le participó el hallazgo de la moneda y le rogó lleno de confusión y de arrepentimiento, que le perdonara por haber dudado de su honradez y su honestidad. Luego le preguntó: ¿Pero, sino tenias la moneda, Francisco? ¿Por qué no te dejaste registrar aquella noche? Francisco, demacrado, harapiento y prematuramente envejecido, alzó sus ojos que casi no tenían brillo y dijo con una voz entrecortada de anciano: “Porque en ese momento yo si era un ladrón, hacia varias semanas que los míos, casi no comían y yo tenia los bolsillos atestados de comida que había cogido de tu mesa, para tranquilizar un poco el hambre de mi mujer y de mis hijos.


Isilo 1964