EL SECRETO
Cierto día que me encontraba con mi Abuela “Solita” acompañándola en una de sus salidas durante días festivos de la ciudad. Nos detuvimos en una posada en la carretera Trasandina, en Los Paramos de Los andes, donde ella siempre solía alojarse cada vez que iba de visita a esa región, luego de la cena comenzó a hacer amistad con la nueva dueña de la posada, y en medio de la conversación, con la señora Juanita, que era como se llamaba la señora, salió a relucir en medio de la conversación... La Mansión, abandonada, que estaba sobre la colina. Ella comenzó a contarnos sobre una curiosa conseja, que mi abuela, ya conocía –y que según nos dijo: Tenia razón suficiente para creer que eso no era un cuento– a continuación les voy a narrar con las palabras textuales lo que le contó Juanita a mi abuela: A mí me había impresionado mucho, el aire siniestro de aquella vetusta mansión antigua, cuando la vi por primera vez, ya que mi abuela me había hablado sobre su existencia, pero no la imaginaba tan lúgubre e interesante, con sus ventanas cerradas, sus puertas con goznes herrumbrosos y su basto jardín abandonado a toda suerte.
Desde que la vi por primera vez, traté de indagar, y le pregunté a mi abuela, sobre la historia de esa sombría casa, y me contó, que había pertenecido a un Señor muy rico que sé hacia llamar el Conde de Mondragon, y a la por supuesto, Condesa de Mondragon. Me contó también que este Señor era un hombre de carácter violento e inflamable, déspota, además de orgulloso y altanero, y que su mujer era todo lo contrario, dulce, devota y además muy linda. Como remate a mis preguntas, me enteré que la vida matrimonial de los señores, había transcurrido en la más apacible “Calma”. Al parecer, hasta que un día se marcharon ambos de la mansión, por caminos distintos, y los Andes, no volvió a verlos más. Dicen que el señor murió poco después en París y la señora convertida en un espectro vivo, encanecida, arrugada y envejecida antes de tiempo, vivió en una finca de su propiedad, situada en los llanos de Monay. Hasta su muerte.
Al enterarse mi abuela que Juanita, la dueña de la posada donde nos alojábamos, había sido empleada de la Señora Mondragon, mi abuela acrecentó su amistad con ella y le pidió que nos contara lo que había sucedido en aquella vieja mansión. Ella se negó al principio a hacer comentarios sobre su ex patrona y tuvo mi abuela que emplear su inteligencia, muchas argucias y todo tipo de artimañas, como forma de persuasión, y prometerle solemnemente que guardaría el más profundo secreto sobre las confidencias de lo que nos contara ella de lo ocurrido. A mi no se me hizo jurar nada, por que yo solo era un niño.
Reinaba perfecta paz en aquella unión, según Juanita. El señor Mondragon era muy altanero y exigente y la señora era muy dócil y se doblegaba siempre a su enérgica voluntad. Tan sumisa era que no profirió ni una sola queja ni aun cuando estuvo enferma una larga temporada y el egoísta de su marido para ahorrase molestias se trasladó a una habitación del piso de arriba. Ante lo cual ella, parecía que al haberse quedado sola, eso la consolaba y la aliviaba de un enojoso peso, y de moverse mas a sus anchas en su espaciosa habitación que daba hacia un hermoso jardín y a un camino bordeado de flores, que llegaba hasta el río. En uno de los rincones de aquella habitación había una chimenea y en el otro extremo, un amplio guardarropa de ella, quien cuidaba mucho del arreglo de su persona, no obstante la indiferencia de su marido.
Mientras duró la enfermedad de su mujer, él pasaba las noches en los sitios de diversión de una ciudad cercana, jugando a las cartas o charlando de política. Estaba la población por aquella época atestada de extranjeros que venían a visitar las cumbres nevadas y a comprar objetos típicos. Se fijo Juanita en un joven español, alto y de aspecto bizarro que siempre andaba solo, y merodeaba por las noches cerca de la Mansión. Y una de esas noches uno de los empleados de la caballeriza de la casa, lo había visto, a una hora bastante tarde, nadando en el río cerca de la Casona. El señor tenia por costumbre, encaminarse directamente a su habitación en el piso de arriba, cuando volvía de la ciudad. Pero cierta vez, ya entrado el invierno, dejó la farola al pie de la escalera y se dirigió por el inmenso corredor, derecho a la habitación de su mujer. Cuando se detuvo frente a la puerta, le pareció que dentro del cuarto, se cerraba apresuradamente la puerta el guardarropa. Entró y vio a su señora de pié al otro extremo de la habitación al lado de la chimenea. Se te ha hecho tarde, comentó la señora Mondragon con perfecta tranquilidad. En aquel mismo instante entró Juanita por la puerta que daba a la sala de baño y que se comunicaba al pasillo. Entonces, no era Juanita quien había cerrado la puerta del guardarropa, -pensó el Señor Mondragon- Juanita vio nublarse el rostro de su patrón con la sombra de la sospecha; lo vio después encenderse en súbito arranque de rabia. Asustada se dio mucha prisa en salir de la inmensa habitación. Se quedó Juanita del lado de afuera, y pegando el oído a la puerta oyó la voz dura y helada del señor Mondragon en que vibraba la amenaza. ¡ Señora... en ese guardarropa se oculta alguien! Su mujer contestó sin inmutarse. No se oculta nadie, Señor. Entonces se encaminó él, hacia el guardarropa. La señora se interpuso en su camino diciéndole: Te prevengo que si no encuentras a nadie ahí. ¡Todo habrá terminado entre nosotros! Le clavó él los ojos con fulgurante fiereza. -Está bien- No abriré esa puerta, yo sé mujer, que para ti la salvación de tu alma esta por encima de todo, y eso es lo primero para ti, en este mundo. ¡Jura por ella que no hay nadie en ese guardarropa y la puerta permanecerá cerrada por siempre! Descolgó de la pared un crucifijo, que era una primorosa obra de arte español, labrada en marfil, plata y oro y lo puso delante de su mujer, esta imperturbable coloco la mano derecha sobre la sagrada imagen, diciendo con voz firme: ¡Lo juro! Llama a tu criada - ordenó él – al presentarse Juanita toda asustada, él le dijo: Avisa al negro martín, el albañil, dile que traiga cemento, cuchara, ladrillos y la llana, que ha sobrado de la reparación del garaje. Juanita salió horrorizada a cumplir con el encargo de su patrón. Cuando volvió con el albañil, que no salía de su asombro, el Señor le dijo con ese acento que no admitía replica: Tapa esa puerta aprisa y sin chistar ni preguntar. Esmérate en tu trabajo y te prometo que no faltara nunca en tu bolsillo un par de morocotas de oro, con tal que no se te escape una palabra de esto, y sobre el trabajo que vas a hacer aquí, igual te prevengo a ti Juanita. Se quedó allí todo el tiempo siguiendo con mirada atenta el trabajo del albañil, la señora le pidió a Juanita que le alcanzara un chal, cuando se lo entregó, la muchacha sintió la presión de los dedos helados de su ama, y en los oídos esta suplica mortal tenuemente proferida, ¡Por Dios, dile a Martín, que deje un agujero, que se las arregle como el pueda! Y en alta voz añadió "Trae mas velas para que el albañil vea mejor” No se oía mas ruido que el producido por el roce la llana. El muro se levantaba cada vez más alto. Cuando iba ya casi por la mitad de su altura, Martín aprovechando que el señor estaba de espaldas tomado agua, rompió con la cuchara un cristal del pequeño separador que coronaba la puerta. En ese instante por el agujero, se asomaron unos ojos negros, dilatados por el terror, pero no se oyó él más leve ruido dentro. Cuando el señor se volvió de nuevo hacia el guardarropa, desaparecieron los ojos de espanto. Al amanecer, quedó terminada la obra.
El señor hizo venir a Juanita y a la cocinera y les dijo “La señora no se siente bien, y no quiero dejarla sola, que nos sirvan las comidas aquí” El señor Mondragon pasó veinte días en el aposento de su esposa. Hubo una ocasión durante los primeros días en que se percibieron ruidos apagados en el interior del guardarropa. La señora a punto, de desmayarse hizo un ademán de gritar y de confesar la horrible verdad.
Pero el señor atajó las palabras de la su mujer diciendo: ¡Haz jurado sobre ese crucifijo, que no había nadie ahí adentro! ¡ Eso es suficiente para mí! Al cabo de un rato dejaron de oírse aquellos leves rumores. ¡Solo se escuchaba el llanto ahogado de la señora!
Desde que la vi por primera vez, traté de indagar, y le pregunté a mi abuela, sobre la historia de esa sombría casa, y me contó, que había pertenecido a un Señor muy rico que sé hacia llamar el Conde de Mondragon, y a la por supuesto, Condesa de Mondragon. Me contó también que este Señor era un hombre de carácter violento e inflamable, déspota, además de orgulloso y altanero, y que su mujer era todo lo contrario, dulce, devota y además muy linda. Como remate a mis preguntas, me enteré que la vida matrimonial de los señores, había transcurrido en la más apacible “Calma”. Al parecer, hasta que un día se marcharon ambos de la mansión, por caminos distintos, y los Andes, no volvió a verlos más. Dicen que el señor murió poco después en París y la señora convertida en un espectro vivo, encanecida, arrugada y envejecida antes de tiempo, vivió en una finca de su propiedad, situada en los llanos de Monay. Hasta su muerte.
Al enterarse mi abuela que Juanita, la dueña de la posada donde nos alojábamos, había sido empleada de la Señora Mondragon, mi abuela acrecentó su amistad con ella y le pidió que nos contara lo que había sucedido en aquella vieja mansión. Ella se negó al principio a hacer comentarios sobre su ex patrona y tuvo mi abuela que emplear su inteligencia, muchas argucias y todo tipo de artimañas, como forma de persuasión, y prometerle solemnemente que guardaría el más profundo secreto sobre las confidencias de lo que nos contara ella de lo ocurrido. A mi no se me hizo jurar nada, por que yo solo era un niño.
Reinaba perfecta paz en aquella unión, según Juanita. El señor Mondragon era muy altanero y exigente y la señora era muy dócil y se doblegaba siempre a su enérgica voluntad. Tan sumisa era que no profirió ni una sola queja ni aun cuando estuvo enferma una larga temporada y el egoísta de su marido para ahorrase molestias se trasladó a una habitación del piso de arriba. Ante lo cual ella, parecía que al haberse quedado sola, eso la consolaba y la aliviaba de un enojoso peso, y de moverse mas a sus anchas en su espaciosa habitación que daba hacia un hermoso jardín y a un camino bordeado de flores, que llegaba hasta el río. En uno de los rincones de aquella habitación había una chimenea y en el otro extremo, un amplio guardarropa de ella, quien cuidaba mucho del arreglo de su persona, no obstante la indiferencia de su marido.
Mientras duró la enfermedad de su mujer, él pasaba las noches en los sitios de diversión de una ciudad cercana, jugando a las cartas o charlando de política. Estaba la población por aquella época atestada de extranjeros que venían a visitar las cumbres nevadas y a comprar objetos típicos. Se fijo Juanita en un joven español, alto y de aspecto bizarro que siempre andaba solo, y merodeaba por las noches cerca de la Mansión. Y una de esas noches uno de los empleados de la caballeriza de la casa, lo había visto, a una hora bastante tarde, nadando en el río cerca de la Casona. El señor tenia por costumbre, encaminarse directamente a su habitación en el piso de arriba, cuando volvía de la ciudad. Pero cierta vez, ya entrado el invierno, dejó la farola al pie de la escalera y se dirigió por el inmenso corredor, derecho a la habitación de su mujer. Cuando se detuvo frente a la puerta, le pareció que dentro del cuarto, se cerraba apresuradamente la puerta el guardarropa. Entró y vio a su señora de pié al otro extremo de la habitación al lado de la chimenea. Se te ha hecho tarde, comentó la señora Mondragon con perfecta tranquilidad. En aquel mismo instante entró Juanita por la puerta que daba a la sala de baño y que se comunicaba al pasillo. Entonces, no era Juanita quien había cerrado la puerta del guardarropa, -pensó el Señor Mondragon- Juanita vio nublarse el rostro de su patrón con la sombra de la sospecha; lo vio después encenderse en súbito arranque de rabia. Asustada se dio mucha prisa en salir de la inmensa habitación. Se quedó Juanita del lado de afuera, y pegando el oído a la puerta oyó la voz dura y helada del señor Mondragon en que vibraba la amenaza. ¡ Señora... en ese guardarropa se oculta alguien! Su mujer contestó sin inmutarse. No se oculta nadie, Señor. Entonces se encaminó él, hacia el guardarropa. La señora se interpuso en su camino diciéndole: Te prevengo que si no encuentras a nadie ahí. ¡Todo habrá terminado entre nosotros! Le clavó él los ojos con fulgurante fiereza. -Está bien- No abriré esa puerta, yo sé mujer, que para ti la salvación de tu alma esta por encima de todo, y eso es lo primero para ti, en este mundo. ¡Jura por ella que no hay nadie en ese guardarropa y la puerta permanecerá cerrada por siempre! Descolgó de la pared un crucifijo, que era una primorosa obra de arte español, labrada en marfil, plata y oro y lo puso delante de su mujer, esta imperturbable coloco la mano derecha sobre la sagrada imagen, diciendo con voz firme: ¡Lo juro! Llama a tu criada - ordenó él – al presentarse Juanita toda asustada, él le dijo: Avisa al negro martín, el albañil, dile que traiga cemento, cuchara, ladrillos y la llana, que ha sobrado de la reparación del garaje. Juanita salió horrorizada a cumplir con el encargo de su patrón. Cuando volvió con el albañil, que no salía de su asombro, el Señor le dijo con ese acento que no admitía replica: Tapa esa puerta aprisa y sin chistar ni preguntar. Esmérate en tu trabajo y te prometo que no faltara nunca en tu bolsillo un par de morocotas de oro, con tal que no se te escape una palabra de esto, y sobre el trabajo que vas a hacer aquí, igual te prevengo a ti Juanita. Se quedó allí todo el tiempo siguiendo con mirada atenta el trabajo del albañil, la señora le pidió a Juanita que le alcanzara un chal, cuando se lo entregó, la muchacha sintió la presión de los dedos helados de su ama, y en los oídos esta suplica mortal tenuemente proferida, ¡Por Dios, dile a Martín, que deje un agujero, que se las arregle como el pueda! Y en alta voz añadió "Trae mas velas para que el albañil vea mejor” No se oía mas ruido que el producido por el roce la llana. El muro se levantaba cada vez más alto. Cuando iba ya casi por la mitad de su altura, Martín aprovechando que el señor estaba de espaldas tomado agua, rompió con la cuchara un cristal del pequeño separador que coronaba la puerta. En ese instante por el agujero, se asomaron unos ojos negros, dilatados por el terror, pero no se oyó él más leve ruido dentro. Cuando el señor se volvió de nuevo hacia el guardarropa, desaparecieron los ojos de espanto. Al amanecer, quedó terminada la obra.
El señor hizo venir a Juanita y a la cocinera y les dijo “La señora no se siente bien, y no quiero dejarla sola, que nos sirvan las comidas aquí” El señor Mondragon pasó veinte días en el aposento de su esposa. Hubo una ocasión durante los primeros días en que se percibieron ruidos apagados en el interior del guardarropa. La señora a punto, de desmayarse hizo un ademán de gritar y de confesar la horrible verdad.
Pero el señor atajó las palabras de la su mujer diciendo: ¡Haz jurado sobre ese crucifijo, que no había nadie ahí adentro! ¡ Eso es suficiente para mí! Al cabo de un rato dejaron de oírse aquellos leves rumores. ¡Solo se escuchaba el llanto ahogado de la señora!
ISILO 1975
1 comentario:
Siga escribiendo que sus cuentos son fascinantes! Nos remontan a la esencia de un país y su pasado, a sus pobladores, lo que somos y de donde venimos.
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