jueves, 30 de agosto de 2007

CUENTOS QUE MI ABUELA ME CONTO

LA MONEDA
Mi abuela “Sólita” solía conversar mucho conmigo y entre las conversaciones que teníamos, muchas veces surgía un pasaje o un acontecimiento que la había pasado ella ó a alguien conocido de ella, como por ejemplo el día que me contó esta pequeña historia, que había ocurrido en un pueblo cercano a su ciudad natal. Tenía yo para ese entonces, cerca de diez años, y todavía siento la emoción que me causó y como en este momento se me asoman lagrimas en mis ojos cuando recuerdo lo que le pasó al pobre Francisco.

ISILO

Terminadas ya las contiendas civiles por allá en los años de 1880, regresaron a sus pueblos y a sus aldeas casi todos los milicianos combatientes que quedaron vivos.
En una paz laboriosa de ese futuro que siguió, todos ellos lograron cierto grado de bienestar y alguno con mas suerte que otros, logró una prosperidad económica preponderante, todos menos Francisco, unos disparos hechos por el enemigo en la guerra, le habían hecho perder parte de un pie y unos dedos de su mano. Le habían quitado parte de su fuerza de trabajo, y parte de su destreza; era un lisiado, casi un inútil para trabajar el campo, donde se requiere, estar mas que completo, porque es una faena muy exigente, con horarios casi ilimitados.
Y fue así como esa indeseable señora: Se instaló con toda comodidad en su hogar, como un miembro más de su familia; La Pobreza.
Pero ex miliciano además de valiente era demasiado altivo y orgulloso para mendigar la caridad publica ó pedir a sus amigos ó parientes, así que decidió soportar a aquella desagradable dama, con mucha paciencia y mucha dignidad, y mucho decoro.
Todos los años se reunían los ex combatientes en la casa de alguno de los más pudientes, que habían acumulado algo de fortuna para: con una cena, celebrar y volver a recordar. En aquella ocasión lo hicieron en la casa Augusto, que había hecho una bonita fortuna con la ganadería, y le gustaba pavonearse de ella. Al final de los postres, sacó Augusto varias monedas de oro muy antiguas, de gran tamaño y buen peso. Y se ufanó y parloteó largamente sobre, la antigüedad, sus rarezas, y su valor inestimable, dejando con la boca abierta a todos sus antiguos camaradas. Todos las examinaron atentamente pasándolas de mano, en mano. A los siguientes instantes comenzaron a hacer efecto los copiosos tragos de los costosos Coñacs, y Añejos vinos, con los que Augusto había estado brindando. Y de ahí en adelante fue reír, charlar, cantar y gritar.
Nadie recordó ni habló más sobre las monedas, hasta que, horas después, Augusto quiso guardarlas. Faltaba una moneda y nadie sabia dar razón de ella. Se produjo un momento de confusión, rumores, de preguntas, respuestas, y de protestas. Por ultimo el cura del pueblo - qué también era invitado - propuso que se registrase a todos los presentes. Todos los viejos camaradas accedieron a eso..... Menos Francisco. Sus antiguos compañeros le miraron con sorpresa y con recelo. ¿De manera que té niegas? Le preguntó Augusto con la cara y el acento de la incredulidad –Si me niego- le respondió Francisco… –sonrojándose- no lo puedo tolerar… No soy delincuente, y nunca he permitido que se me registre… dijo Francisco… Los demás fueron uno a uno, volteándose los bolsillos. No apareció la moneda. De nuevo todas las caras voltearon y clavaron en el infeliz Francisco, todas las miradas inquisitivas y acusadoras. ¿Supongo que ahora no seguirás insistiendo en tu negativa, y no te negarás?... Le dijo el cura del pueblo... Francisco no contestó. Augusto con la cara roja por la ira, salió indignado del comedor. Ninguno de los presentes ahí reunidos, le volvió a dirigir la palabra al desventurado e infeliz Francisco, que bajo las miradas casi compasivas de sus amigos, tuvo que marcharse de aquella casa, corrido, y peor aun, con la mancha lamentable de una duda, de un hombre convicto de robo.
Desde aquel día, Francisco vivió en un total aislamiento, por que esa lamentable noticia corrió como pólvora prendida entre sus vecinos y antiguos conocidos, que le volvían la cara cuando lo veían venir cojeando por las calles del pueblo. Fue hundiéndose cada día más en una pobreza miserable. Poco tiempo después murió su mujer, de una de las muertes más dolorosas e indignas, que pueda tener una persona... murió de hambre, nadie en el pueblo se preocupó en asistir a su entierro, comentando de paso que había muerto de vergüenza.
Pasaron lentos y pesados los años para Francisco. El suceso de la moneda ya casi se había olvidado, y lo que quedaba de él, era algo así como una conseja popular, un cuento.
Augusto en medio de su prosperidad, comenzó un día hacer unas reformas a su casa. Y en medio del alboroto que causan los trabajos: uno de los albañiles que había contratado para tales menesteres, encontró la famosa moneda perdida, escondida, y tapada entre el polvo de una rendija de las tablas del piso del comedor, donde se había celebrado aquel famoso y memorable banquete.
Aunque Augusto era un hombre vanidoso, prepotente, hechón y arrogante. Augusto, era un hombre justo, honesto, y muy correcto, con aquella prueba irrecusable de la inocencia de Francisco, se fue corriendo por las calles del pueblo, de inmediato a ofrecer sus disculpas por aquel agravio que le había hecho a su antiguo camarada y amigo, años atrás. Corrió apresurado hasta la casa del humillado miliciano. Le participó el hallazgo de la moneda y le rogó lleno de confusión y de arrepentimiento, que le perdonara por haber dudado de su honradez y su honestidad. Luego le preguntó: ¿Pero, sino tenias la moneda, Francisco? ¿Por qué no te dejaste registrar aquella noche? Francisco, demacrado, harapiento y prematuramente envejecido, alzó sus ojos que casi no tenían brillo y dijo con una voz entrecortada de anciano: “Porque en ese momento yo si era un ladrón, hacia varias semanas que los míos, casi no comían y yo tenia los bolsillos atestados de comida que había cogido de tu mesa, para tranquilizar un poco el hambre de mi mujer y de mis hijos.


Isilo 1964

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