AVELINITA
De tiempos crepusculares ya pasados muy remotos, he recogido estos recuerdos y los he ido hilvanando en mi mente, para contar esta historia que viene a continuación. Porque es allí donde tienen su origen y su ambiente, y es desde allí donde debo comenzar a contar. Al comenzar a revolver algunos de estos recuerdos en mi memoria, pasó algo increíble dentro de mí, en lo mas profundo de mi ser, en el fondo de mi espíritu, que aun con sus yerros y sus aciertos, con sus grandezas y sus miserias, con sus tristezas y sus bonanzas. Fue donde verdaderamente todo esto ocurrió.
isilo 1999
Así como él titulo de este cuento, fue el nombre de bautismo cristiano de una mestiza parda, producto de la unión de un blanco venido de mas allá de nuestros mares, de la isla de Córcega llamado Jean Louis Lyon, y de Awina, una bella india pura de la raza Yekwana, proveniente de una de las laderas de la montaña de Chimantá, situada esta, en centro del Macizo Guayanés, que es la cordillera más extensa, mágica y hermosa de toda la Guayana. Chimantá, es una de las montañas más espectaculares del Macizo Guayanes, morada de una de las más ancestrales etnias arraigadas desde el principio de los tiempos de este planeta, en nuestro suelo; La Nación Yekwana. El nombre Yekwana Awina, traducido a nuestra lengua significa: “Flor de la Montaña” ella no tenia apellido, -cómo era común antes que llegara la "civilización" y los evangelizadores, a cambiarles conceptos a los aborígenes, que todos los habitantes que poblaban ese enigmático y misterioso mundo de la selva usaran solo su nombre, sin segundo nombre y sin apellidos- El nombre de un Yekwana lo encierra todo, todo lo concerniente a sus orígenes, a la creencia de su fe, a sus ancestros y todos esos misterios vedados a las personas comunes como nosotros, que por mas que nos esforcemos, nunca podremos llegar a comprenderlos en su totalidad. Como Avelinita, fue su primera y única hija, Jean Louis le dedicó todo el tiempo que tenia libre a enseñarle lo que pudo de su cultura Gala, y lo más elemental de lo que conocía de matemáticas y lo precaria que su gramática de nuestra lengua. De niña comenzó a hablar con fluidez el idioma francés y también su ancestral idioma materno Yekwana, así como también la lengua criolla, la que aprendió con rapidez con las mujeres que trabajaban en su casa. A, Awina le tomó mucho tiempo, transmitirle su cultura ancestral. Con el tiempo la niña llegó a conocer las plantas de la selva, y también su utilidad como ”Medicina India”. Y a comprender en su cultura, el significado de los cantos, los bailes, las comidas y bebidas, y algo sumamente importante para un Yekwana, a hacer y comprender los caracteres y dibujos de las labores de tejidos, en los diferentes cestos, manares, sebucanes, esteras y otros enseres, hechos con la palma del Moriche, que son los textos donde la Nación Yekwana y algunas otras naciones aborígenes americanas, relatan, archivan, y exhiben la historia de la creación de su mundo y de sus antepasados, para así mantener viva su tradición y transmitirla a la posteridad de sus descendientes. Tomando en cuenta las dificultades de la época y la zona topográfica donde Avelinita nació y se crió. Estoy recordando y narrando una historia, que comenzó allá por los años de 1850 que es cuando Jean Louis llega y se establece por primera vez en la selva. La plantación estaba situada, del poblado más cercano, llamado Guasipati, como a una distancia en línea recta atravesando la selva, por trochas, a mas de 20 Kilómetros aproximados. Enclavada la posesión para ese entonces, en pleno corazón de esa misteriosa y exótica, selva tropical de la Guayana Venezolana y unido por caminos de recuas y carretas a otros poblados como Upata, El Callao, y Tumeremo. Como ya lo he narrado anteriormente, su padre le enseño primero a leer y a escribir en francés y después nuestra lengua. Por eso cuando ella hablaba, tenia acento gracioso que tiene algunas francesas, de arrastrar las erres cuando hablan el lenguaje criollo. Cuando tuvo edad suficiente, su padre contrató una profesora que venia de un colegio Inglés de señoritas de Geogetown, para entonces Capital de Guayana Inglesa. Cuando Avelinita terminó de estudiar con la profesora Miss evangeline, su padre ya se había convertido, en un comerciante respetable, minero y criador de ganado. Entonces comenzó otra etapa en la vida de Avelinita, fue la época cuando Jean Luois la envía a la casa de su tía Margarett, hermana de su padre a Cayena, capital de la Guayana Francesa, en Cayena se dedica a perfeccionar el idioma francés que su padre le había enseñado. A su regreso de Cayena no pasa mucho tiempo en la plantación, Su padre está planeando un viaje a París por varios meses, con su familia, su estadía en París no es desperdiciada, la inscriben en la Madeleine, academia parisina de señoritas, allí amplia su cultura general y se inclina por las letras y los idiomas. De regreso el barco en que venían, que tenia por nombre “Century XX” se detuvo en Paramaribo, Guayana Holandesa, tiempo que aprovecho Jean Louis, para establecer vínculos comerciales y hacer algunas compras para sus negocios, eso duró dos meses, durante los cuales la muchacha estuvo mientras tanto en la “Deuscheacademy” aprendiendo algo, sobre la cultura holandesa. Corría el año del señor de 1886, y tenemos a estas alturas, a una mozuela que tocaba el piano con bastante soltura, escribía y recitaba poesías con una rima excepcional en varios idiomas y que hablaba además de la lengua Yekwana, cinco o seis idiomas diferentes, incluyendo el dialecto Corso, que su padre por amor propio le había enseñado, por pura fonética y sin ninguna regla gramatical.
Huyendo de algunas de las injusticias, que nos depara la vida, en su cotidianidad, y buscando el sosiego y la paz que le fue negada en su tierra natal. Llega a este lado del Río Orinoco, a quedarse para siempre, un apuesto y espigado joven. Usando como pretexto el argumento de una frase de un antiguo sabio: “La verdadera Patria de un hombre, no es el lugar donde nace, sino el sitio donde encuentra su verdadera felicidad” Inicia su diáspora este joven en Bilbao con rumbo a Manaos Brasil. Por ese entonces era un mozalbete, esbelto y alto, nacido en el País Vasco, tierra de gente maravillosa, y trabajadora incansable, de una tenaz convicción en la libertad, la esperanza y fe en el futuro, amasada con desesperación, lucha y sufrimiento. José Antonio López Etxegarreza, llega a la selva y también a nuestro cuento por accidente, el “Vapor” en que venia de Europa rumbo a Manaos, viene retrasado, funcionando a media capacidad, y entra por el río Orinoco a reparar una avería en su sala de máquinas. Hecha anclas frente al pueblo de Caicara en toda la orilla derecha del río Orinoco. Durante el tiempo que pasa, mientras reparan la avería del Barco, José Antonio, va yendo y viniendo entre Caicara y Ciudad Bolívar, y en una de esa idas y venidas, le pica la curiosidad, o mejor dicho con otras palabras “Le pegó la fiebre del Oro” Porque la leyenda del Dorado, está aun en nuestros días vivita y coleando. Es así como el muchacho ilusionado con una riqueza súbita y fácil, emprende un día camino rumbo al Callao, en compañía de un grupo de mineros de esos que lavan la arena de los ríos con batea. Un día llega a Guasipati, a una Bodega, propiedad de Jean Louis Lyon, que es el sitio de reunión de casi toda la gente de ese crucero y pueblo, y entre copas de vino y tragos de ron, José Antonio entabla conversación con este, y hacen una rápida amistad, Jean Louis logra persuadirlo de su sueño de minero, y lo invita a formar parte de la nomina en su mina “El Bochinche” con el cargo de guardián de caravana, cuya misión consistía en custodiar las recuas de mulos, en los que sobre sus lomos cargaban las sacas de tierra, el producto en bruto extraído de las entrañas de nuestra tierra. Era un trabajo duro y arduo, ese de atravesar la inmensidad de la selva, hasta llegar a las riveras del majestuoso Orinoco. Los costales preñados de tierra y piedras eran cargados en gabarras, para ser transbordados a un barco de vapor que los esperaba en medio del inmenso río, y de allí ser llevados rumbo a Inglaterra donde le era extraído el precioso mineral a esas piedras.Este vivaz mozo, desde que llegó le echó el ojo a Avelinita. El diminutivo del nombre que desde niña usara; “AVELINITA” lo usó hasta su muerte, José Antonio, siempre que venia de regreso le traía flores, bombones, libros y otros recuerditos que compraba en Ciudad Bolívar, así comenzó este noviazgo. No tardó mucho Jean louis, en aprobarlo, lo que culmino en una pronta boda en la Capital del estado. En la casa de su compadre y amigo Inocencio Casado, quien poseía una inmensa mansión colonial, fue donde se realizo la ceremonia nupcial, y a la que asistieron todos los comerciantes y amigos de Jean Louis, Hasta el Presidente del Estado Bolívar fue invitado. De esa unión, nació en la capital, del estado donde fue trasladada Avelinita en un coche con todas las comodidades, debido a que era su primer parto, y temían por su salud, allà por Agosto del año del señor de 1880, su primera hija, a quien llamaron Soledad. Fue bautizada así en honor a la inmensidad de la selva y como se sentían en ese medio. Luego nacieron los siguientes Josefa, nombrada así por su padre, Margarita, por la hermana de su abuelo, Luisa por el nombre de su abuelo, y José Antonio, el varón deseado de primogénito pero llegó de quinto, y por ultimo Aída, por la opera e Giussepe Verdi muy de moda en Europa para entonces. Primero muere Awina, de una enfermedad causada por una fiebre desconocida para esa época, en los comienzos del año del señor de 1890, tiempo después de retornar de un viaje a la capital del Estado donde muy poco pudo hacer la medicina conocida que disponían, y tampoco la mágica Medicina India. Poco tiempo después, mas o menos de igual forma, por la fiebre, atacado por un mal bien conocido, pero sin definir, Paludismo, Fiebre Amarilla, o tal vez Malaria, finaliza su capitulo en este libro y la vida en este mundo, Jean Louis Lyon.
Con los acontecimientos sucediéndose tan rápido, los relevos comienzan a desplazarse también rápido, es así como pasan a ser entonces José Antonio y Avelinita, la cabeza de esta familia. Ahora convertidos en dueños y señores, José Antonio se encarga de la parte dura del trabajo, como manejar las posesiones que dejaron Jean Louis Y Awina, Avelinita se encarga de las cuentas y los números donde era muy buena. Compartiendo el trabajo de controlar la peonada de la plantación, en las faenas del campo, en la cría e ganado de su predio rural llamado La Caimana, un hato de ganado vacuno y ovejas, una bodega, y el arrendamiento del Bochinche. Avelinita trato de darle a Soledad, su hija mayor, la misma educación que recibió de sus padres, enseñándole de la misma forma que los Yekwanas enseñaban a sus hijos a ser independientes, autónomos y valerse por si mismo, en otras palabras, a tomar sus propias decisiones. Así que fue enviada a Georgetown al mismo Colegio de donde había venido la profesora, Miss Evangeline que fue su maestra. Su madre no la envió luego a otros colegios donde ella había estado, por la angustia que vivió al separarse de Soledad por dos años y así que decidió no alejar mas a sus hijos de su lado. Las tardes transcurrían largas, lentas y pesadas, como empalagosas, en aquel rincón del universo enclavado en el corazón de la casi desconocida selva venezolana. Corría el año del señor de 1896. Presumo que ya Soledad, se estaba sintiendo, como la Florinda, de ese poema que unos años mas adelante, en 1921, escribiría Andrés Eloy Blanco. Y que en una prosa romántica y sarcástica, Dice así: "Al Hombre mozo que te habló de amores Dijiste ayer, Florinda que volviera, porque en tus manos te sobraban flores para reírte de la primavera. Llegó el otoño; cama y cobertores y te dio en su deshojar la enredadera, y vino el hombre que te habló de amores y nuevamente le dijiste espera. Ahora esperas tu visión remota, Campiña gris, empalizada rota. Y sin calor el póstumo retoño, que te dejó la enredadera trunca, porque cuando el amor viene en otoño, si lo dejamos ir no vuelve nunca".
Soledad a estas alturas ya había pasado los dieciséis años y esa edad, a finales del siglo diecinueve, se daba por seguro que de no conseguir marido iba a quedar pronto “Pa’vestí santo en la Iglesia” o en otras palabras, ya se podía considerar solterona. Una de esas dilatadas y calurosas tardes de la selva, Soledad sentada en un Poyo de la ventana de la inmensa casa, lee un libro y de vez en cuando mira hacia la selva, como todos los días, otea la distancia, observa los peones trabajando en la lejanía de los bucólicos espacios arrancados a la jungla para criar ganado. Todo aburre, porque todos los días son las mismas imágenes, las mismas sombras, la misma tarde, nunca cambia nada en el paisaje. Sin embargo, una tarde de pronto se interrumpe la rutina del eterno e inmóvil paisaje de todos los días, en la lejanía se divisa un jinete desconocido, que con su presencia insolente, desgarra el aburrimiento del paisaje, - desconocido, porque Soledad se conocía de memoria toda la planicie y también todo cambio que sucediera en el paisaje - ¿Quién será ese jinete vestido de blanco, que galopa tan rápido, ese caballo blanco? esa pregunta se la hace Soledad a sí misma, mientras la figura se va haciendo más nítida y más grande, hasta traspasar la blanca muralla que protege la casa. Cuando el caballero de blanco se apea del macho sudado, Soledad no sabe que decir, se queda muda, como impactada. Tampoco puede ocultar su desasosiego cuando el hombre la mira a los ojos y en un tono autoritario, como un hombre de mando le dice: “¿Niña, esta es la casa de José Antonio López?” La joven tartamudeó y apenas pudo balbucear palabra, pero no era timidez lo que hacia tartamudear a la muchacha, porque Soledad no era tímida, solamente que había quedado como petrificada, con el porte de aquel caballero mozo, un hombre alto, quizá mas alto que su padre, como de veintiséis años, de ojos negros penetrantes y misteriosos, blanco y buen mozo, vestido elegante, con modales y ademanes de hombre de ciudad, con sortija de oro en el dedo meñique de su mano izquierda y una gruesa cadena de oro a la altura del estomago, que le cruzaba el chaleco de seda azul marino, con pequeños dibujos amarillos de la flor de lis. De todo esto se dio cuenta Soledad, en un santiamén, antes de contestar, ¡ sí señor, él es mi padre! Pues dígale a su padre, que su sobrino Francisco José López, está aquí. Soledad se dirigió a la cocina de inmediato, llamó a una criada india, para que trasmitiera su orden a un peón que montara a caballo y buscara a su padre en El Bochinche, que era como llamaban la mina. Soledad, como dije en un principio, no era tímida, inmediatamente entabló conversación con aquel pariente, extranjero, con acento extraño, que le hacia recordar a su padre cuando se enojaba y les reclamaba un trabajo mal hecho a los peones, y le hablaba con aquel acento ancestral que nunca se olvida y que en los momentos en que no logramos dominarnos, retorna.Y así como fue de rápida, haciendo la observación del inventario, cuando llegó aquel mozo, también comenzó a trazarse un plan. Ese hombre no lo dejo escapar de aquí, aunque sea lo último que haga. Ni por que sea mi primo. Esos eran los pensamientos de Soledad, cuando recatada y pundonorosa llevaba a su primo a conocer todos los rincones del predio La Caimana, haciendo tiempo mientras servían la cena y llegaba su padre. En su ansia de escapar del encierro de aquella región, le motivaba a preguntar mucho, sobre la madre patria de su padre, como era Bilbao, Vizcaya, también preguntaba por España, y entre la conversación y el mostrar la hacienda, no hacia sino mirar la vestimenta citadina, de buen gusto del apuesto joven, nunca había visto un hombre así ni en Upata, Ni en Ciudad Bolívar, ni en Georgetown, bueno, en Georgetown lo que había eran negros, Chinos, Hindúes y Coolies, y los ingleses blancos eran muy rosados y pálidos para su gusto, no tienen el atractivo que tienen los hombres blancos de origen greco- latino, tostados por el sol o mezclados con Moros, como lo había leído en una novela rosa de Falchau. José Antonio llevó a su sobrino a conocer la mina “El Bochinche” durante el trayecto conversaron sobre muchas cosas, sobre viejos recuerdos, sobre su hermano Luis ya fallecido, padre de Francisco. El trabajo era duro en la mina. Había muchos hombres cavando, y empacando la tierra en sacos de yute. De vez en cuando “El Musiú” Inglés, ataviado de pantalones cortos de Kaki, y un ridículo sombrero de corcho agarraba una piedra y se sonreía, cuando veía el metal amarillo amalgamado en la roca.
Era representante de una compañía extrajera que tenia la concesión de otra mina ya agotada, y había hecho un negocio con Jean Luis, de comprarle sacos de tierra como salieran, para engañar a su empresa y al estado, y hacerles creer a sus jefes que el material que llevaba era de su mina, y al estado para que no le obligaran a negociar otra concesión. Pero el Bochinche no estaba ni siquiera cerca de los predios permitidos al “Musiú” sino en las tierras de Jean Luis que si eran propias, porque además de tener todos sus documentos en orden también tenia la palabra del Jefe Yekwana que las entregó como dote cuando Awina se casó con él, pero Jean Luis también hizo sus trampillas al Inglés, como dicen en Córcega, entre Col y Col, Lechuga, y además Jean Luis no tuvo medios de sacar el oro en forma industrial y por eso hacia su buen negocio vendiendo al contado y en efectivo los sacos de tierra. Además el transporte era otro negocio aparte, ponerle los sacos a esta gente de la Callao Mining Company, su material a las orillas el Río Orinoco era casi tan costoso como el saco en sí, había que atravesar un gran trayecto de selva virgen y peligrosa. José Antonio, mantuvo el trato con los “Musiues”, original como lo mantuvo su suegro, pero eso no impedía que el también sacara trozos de roca con vetas amarillas que anunciaban el oro de la mina y lavara algunas bateas y también sacara Cochanos del río, todo esto lo procesaba en forma artesanal, José Antonio en una especie de cobertizo donde tenia además de la fundición artesanal, un taller de carpintería y herrería. En uno de los numerosos viajes a través de la selva con los caravaneros, fueron atacados por salteadores de camino, que presumían que las sacas que cargaban las recuas de mulos iban repletas de oro. En la defensa de su cargamento de tierra y piedras, el grupo de hombres repelió el ataque a tiros, evitando el asalto pero no que hirieran a su patrón, que en ese encuentro cayó herido. José Antonio que normalmente ya no acompañaba las caravanas, a menos de aprovechar la compañía y el viaje para ir a Ciudad Bolívar de compras. La convalecencia y recuperación de José Antonio, hace que francisco tenga que posponer su viaje y quedarse para ayudar en la faena diaria de la posesión. Durante ese tiempo, Soledad se muestra muy activa en ayudar y enseñar a su primo lo poco que sabe sobre el manejo de sus propiedades. Comienza a dar frutos el plan fraguado por Soledad, Francisco se empieza a fijar en ella como mujer y aun no recuperado José Antonio él y Avelinita, dan el permiso para la boda de Soledad con su primo, con algo de angustia por el parentesco. De esa unión nace en la población de Upata, Clemencia en el año de 1.908 y luego cuatro años mas tarde Rafaela en 1.912 en una población más cercana a la hacienda llamada Guasipáti. Pasan el tiempo rápido y muere José Antonio, quien nunca se pudo recuperar de las heridas de bala y como si cumpliera una promesa, Avelinita lo que hace es llorar y no desea comer mas, tres meses después la muerte cobra lo suyo y se lleva a Avelinita. Francisco, Soledad y sus hermanos tratan de seguir con la tradición de la familia que fundó Jean Louis Lyon y Awina, pero la realidad es muy diferente a como se hacen los planes y se desea que funcionen. Las hermanas de Soledad querían su parte de la herencia de sus padres, para irse a otros sitios con sus esposos, su hermano José Antonio que se había encargado de la tienda hizo un buen trabajo en la parte de los licores, se los tomó o los “negoció” casi todos. La gente del pueblo solía verlo borracho de sol a sol en la plaza del pueblo, dejando la tienda sola o en manos de empleados que hacían de las suyas. Con estas presiones no le quedó mas remedio a Soledad y Francisco que vender los terrenos del Bochinche con mina y todo, y también la bodega. Se quedaron con la Caimana y con ellos Margarita y la pequeña Aída aun solteras, los demás cogieron las de “Villa Diego” con sus maridos y sus reales, a establecerse en otra parte del país, mas civilizadas, así decían los que se marcharon. De José Antonio, lo que puedo decir ayudado por cuentos de otras personas, además de revisar y buscar en mi memoria es que: en lo que le echó mano a su bolsa de Morocotas se desapareció del mapa. La vida siguió fluyendo lentamente como siempre en el hato La Caimana, como si aquella otra parte que desapareció no hubiera existido jamás. Una tarde se oyen voces en tono alto y alteradas, es una discusión que tiene Francisco con el capataz de la hacienda, por un ganado sin herrar que no está en la manada, se refería a un grupo de crías que ya debían haberle puesto el hierro con la marca de La Caimana, y han desaparecido.
La cosa no terminó ahí, a la mañana siguiente sale Francisco y Soledad van a Guasipati para hablar con el comisario y poner la denuncia, regresan tarde ese día después de aprovechar el viaje para hacer unas visitas y unas compras, vienen sin prisa como lo han hecho siempre en uno de esos coches que llamaban Landau. En un recodo del camino, donde hay que aguantar un poco los caballos para pasar un arroyo, de súbito, estampidos de disparos rompen el silencio de la tarde en la selva. Comienzan las Guacamayas una alharaca y salen volando de los altos arboles, los monos con sus chillidos de miedo parecen advertir el peligro, pero ya es tarde, se oye galopar de caballos a todo trote. Los caballos del coche se desbocan y corren sin control. Ya cuando soledad logra detenerlos, los alevosos que han disparado deben estar muy lejos. La capota del Landau deja colar por los agujeros que hicieron los disparos, largos rayos de luna. Soledad se repone del susto y pregunta a Francisco como esta, el hombre todavía sentado en le sillín del cochero, respira con dificultad y responde, - da la vuelta y volvamos al pueblo. Pequeña, estoy herido -. Trabajosamente Soledad acomoda a su marido el asiento de atrás y contrariando sus normas azota los caballos sin piedad hasta sacarle mayor velocidad y sangre también. Durante la travesía, Soledad no para de hablarle a Francisco sin voltear hacia atrás ella cree que si mantiene ese contacto con él logrará llevarlo vivo, llegan al hospitalito donde nació Rafaela, el guardia sale en carrera a buscar al doctor y también al comisario. La mala noticia a esa hora corre como candela en sabana seca, alrededor del hospital y de la comisaria se han reunido un buen numero de sonnolientos curiosos, vecinos del pueblo y amigos de la pareja, los que de inmediato son reclutados por el comisario y sus alguaciles para perseguir a los salteadores de camino. El comisario, como que sabe donde comenzar a buscar. Se dirige directamente hacia La Caimana, con su tropel de gentes, cuando llega, cosa rara, nadie sale a recibirlos, aunque habían hecho mucho ruido, porque eran 23 hombres a caballo y armados. En las casas de los peones y del capataz no se oye nada. El Comisario era uno de esos que llamaban indios zambos, zamarros y que según decían estaba puesto allí por orden del Coronel Tarazona, ayudante personal del General Gómez, Presidente de los Estados Unidos de Venezuela. No creía sino en la ley de su 45, estaba bendecido por el poder y la fuerza según él. En vista que nadie salió comenzó por revisar los establos, el sabia cuando un caballo había corrido y cuanto tiempo hacia que estaba descansando, de los doce caballos que estaban en ese establo solo tres no pasaron la prueba del comisario. Siguió al otro establo y de los diez solo le llamó la atención un hermoso tordillo todavía sudado que por la estampa imaginó que debía ser de alguien mas allá que un peón, porque los caballos de Don Francisco descansaban en un cobertizo al lado de la cochera cerca de la casa. Nuevamente se dirigió a las casas de los peones y tocó a una de sus puertas y no se oyó nada, siguió tocando y se oyó un ruido de crujir de catre y pies arrastrándose y abrió la puerta una mujer desgreñada preguntando: Quién es? Y a su pregunta le respondió el comisario con otra pregunta: Dónde está tu marido? La mujer tartamudeó... durmiendo por que? El comisario de un salto entró en la casucha y agarró por el cuello al durmiente y comenzó a interrogarlo donde esta tu Chopo Gran Carajo... allí comisario en el rincón le respondió el hombre... que pasa comisario? El Comisario Albino era muy conocido en toda la región, pero no por sus buenos modales, ni su buen carácter, así que por la presión en el cuello y aquel revolver gigantesco metido en su boca, el peón comenzó a decir cosas inteligibles que el comisario si entendía. Amarrado el hombre en una talanquera, se dispusieron a buscar a los demás. Ya en muchas de las casas de los peones había luz y se oían voces, al llegar a otra casa un hombre había saltado por una ventana y salió en veloz carrera en medio de la obscuridad. No llegó muy lejos, de los cincuenta tiros que le echaron, por le menos treinta le pegaron en su flaca humanidad. El capataz fue sacado del cobertizo que usaba Francisco de carpintería y de taller, donde se había escondido ayudado por la obscuridad. El comisario Albino muy ufano, hacia comentarios a viva voz, “Estos carajos como que creen que pueden engañar la Ley, pero aquí estoy yo para hacerla cumplir”. Y así con un muerto liado a un mulo y una fila de siete hombres amarrados, abandona el comisario el hato la Caimana, no sin antes con mucha calma, tomarse un cafecito tinto que había mandado a preparar. La comisión llega a Guasipati a media mañana con su cargamento de prisioneros, solamente tres llegan vivos al pueblo, los demás incluyendo al capataz a quien apodaban Morocoto, quizá habían se habian caido por el camino y al no poder levantarse, y los caballos seguir halando las sogas, se ahorcaron. El Comisario Albino a manera de chiste dijo: a lo mejor se murieron de miedo por que ellos sabían que yo mismo los iba a interrogar. Francisco estaba muy mal, dos de los siete tiros habían hecho blanco en su humanidad uno en la pierna y otro en el pecho. Soledad no lo dejó ni un momento solo, hasta que murió como a las cinco de la tarde de ese día. Con mucha lentitud, como el que no tiene esperanza en el futuro ni mucha prisa por vivir, comienza Soledad cargada de silencio el largo camino de regreso a casa. Adelante va el Landau conducido por un muchacho del pueblo, detrás una carreta de dos caballo prestada por su amigo y compadre Inocencio Casado, sobre la carreta un cajón de madera con los restos de Francisco, sentada en el piso de la carreta al lado del ataúd va Soledad, detrás como cerrando el cortejo vienen amarrados un mulo y dos caballos que devolvió el comisario, esos veinte kilómetros de distancia se hacen muy largos. Soledad no ha derramado una sola lagrima todavía, ya habrá tiempo suficiente para llorar, tiempo para consolar, tiempo de lamentos, y tiempo de recordar tiempos idos. En ese momento lo que mas necesita es coraje y fuerza para dirigir la familia y la propiedad por buen rumbo. Piensa Soledad. Francisco fue enterrado sin mucha ceremonia al pie de un inmenso Samán que estaba plantado como a 80 metros de la casa, donde solía sentarse a leer sus libros en idioma Vasco, los días de descanso. Los meses siguientes a la muerte de Francisco José, van a ser muy duros, porque a una mujer sola le va a resultar difícil remontar esa cuesta. Los peones no están acostumbrados a recibir ordenes de mujer alguna, ni que sea la patrona, dueña y señora. Una mañana Soledad sorprende a todos, sobre su largo vestido de Organdí estampado de florecitas negras, exhibe en la cintura, una canana, se ha puesto el cinturón de Francisco con su revolver le rodea dos veces la cintura una ristra de balas. Da ordenes de inmediato apoyando su mano sobre la cacha del revolver, los peones a regañadientes obedecen. Pero quien sabe por cuanto tiempo, Soledad lo sabe también, no puede matar a un hombre tan solo porque no obedezcan su orden. El compadre Inocencio va un día de visita a La Caimana. Fue llamado por Soledad, en ese momento se comienza a desmembrar la propiedad de la hacienda.
Le da la misión a su compadre de vender por lotes las reses y las ovejas, para que rápidamente sean colocadas, necesita mucho efectivo. Soledad despide casi toda la servidumbre, y la mayoría de los peones. En su cabeza está fermentando y burbujeando una idea que le dio, en una carta su hermana Luisa, le dijo: que se fuera a vivir a Caracas, que era una ciudad muy fresca, tranquila, y muy agradable. Con tanto ajetreo apenas se ha dado cuenta que está preñada, esto complica un poco todos sus planes, piensa Soledad, porque es una alegría y una tragedia a la vez, porque ahora hay que acelerar todo el proceso de venta del hato y la posesión, eso no será tarea fácil. Una noche reúne todas las monedas de oro que tiene, y comienza en un privado silencio, con un proceso de coserlas al forro de un abrigo de Francisco, aquello pesa un quintal, pensó cuando se midió el abrigo. En la mañana, va al pueblo y le da un poder a su compadre Inocencio, para que venda lo que quede, y si no puede vender La Caimana, que la arriende. No se va a despedir de nadie, ni va informar a ninguna amistad como ni cuando se va, es una huida. Siente pena por sus amigos, siente mucho dolor por todo lo que le ha sucedido y cree que lo mejor es salir huyendo en forma furtiva. En la cochera, silenciosa y casi escondida, solamente ayudada por Indalecio y Ramón, dos indios que fueron criados desde niños por Avelinita, fieles y leales como el perro ovejero de Francisco, se disponen a armar los techos de dos carretas y a darle los últimos ajustes al coche. A pasado una semana desde que empezaron los preparativos ya están listos, solo faltan detalles, ese día almuerzan en la cochera, con frugalidad y continúan el trabajo montando en una carreta todo lo de valor que consiguen en la casa, pero liviano. Con nostalgia le da un adiós a su juego de cuarto, que fue mandado a traer de España, por José Antonio su padre, no puede ocultar una lagrima cuando le pasa la mano por encima al piano que fue de su madre. Ya esta cargada la primera carreta la otra la acondiciona con edredones y colchonetas para que sirva de dormitorio de ella, sus hermanas, y sus dos niñas, además almacena parte de los alimentos en cajas y latas, no sabe cuento durará el viaje, nunca ha preguntado a nadie, y ella no ha viajado por tierra mas allá de Ciudad Bolívar. Mañana en la noche es el mejor momento, le dice a sus fieles indios, no habrá luna, dice Indalecio.
Indalecio insiste en llevar una vaca amarrada a la ultima carreta, para alimentar a las niñas, con leche fresca. Soledad desecha la idea, la vaca los haría andar muy lentos, podemos comprar leche en cualquier fundo del camino, les dice. Ese día ella le da, lo que sabe que es, la ultima mirada a toda su casa, en cada una de las habitaciones reza una oración, sale de la casa y se dirige hasta la tumba de Francisco, también sabe que nunca mas volverá a orar aquí. Por que se marcha a otro mundo, con otras personas, otros nuevos amigos, otros nuevos todo. Ya está todo listo, Ramón abre el portón y sale el coche seguido por la primera carreta, que guía Indalecio, Soledad para el coche de repente y se apea, se dirige nuevamente a la casa, y de regreso trae en su regazo como un bebé, un reloj de pared, ante la mirada atónita de los indios, responde; no voy a dejar este reloj. Se lo trajo mi abuelo a Awina de París. Pasado mañana cumplirá 34 años. Junto a Margarita de 19, Aída de 13, sus hijas Clemencia de 6 años y Rafaela de 2, una hija en el vientre y sus hermanos de crianza Indalecio y Ramón, sale la caravana sin mirar hacia atrás ese 6 de Agosto de 1.914, rumbo a Caracas, a un destino incierto. Soledad guiaba el Landau y pensaba: A soñar otros sueños, ó como decía Papá: “La verdadera patria de una persona, no es el lugar donde nace, sino el sitio donde encuentra su verdadera felicidad”.
ISILO 1999