LA CARA OCULTA
Siempre añoro con algo de melancolía y nostalgia, los cuentos que mi abuela solía contarme cuando niño: En este momento viene a mi memoria, un día cuando fui de paseo con ella. Eran tiempos de Semana Santa y fuimos al interior del país, en un tour que incluía su pueblo natal. Entre las muchas visitas que hicimos, en la que incluyó sus amistades, también tuvimos tiempo de visitar, pequeños pueblos, plazas, iglesias e ir a procesiones en varios de esos pueblos. En uno de ellos, del cual ya no recuerdo su nombre, me impresionó un soberbio mural, por lo real, que parecían los personajes de la obra, y además estaba como recién pintado en una pared lateral del interior de la iglesia. Casi todos los niños por su forma natural y lógica de actuar, siempre preguntan todo a los adultos, tal vez por el hecho de ser mayores siempre deben tener las respuestas a todo, así que como yo era un niño en ese momento, no fui la excepción, le pregunté a mi abuela, si ella sabia quien había pintado esa bella obra en esa iglesia, que me había impresionado tanto. Mi abuela compró una melcocha a un vendedor ambulante, me la dio, y me invitó a sentar en uno de los bancos que estaban bajo un frondoso Samán de la placita de ese pueblo. Yo me dispuse a comer el dulce, y con su característica calma y su voz anciana, aderezada con esa forma tan inteligente e interesante de narrar cosas, que siempre me gustó de ella, comenzó a contarme: Hace ya varios siglos, casi a comienzos de la conquista de Sur América, un obispo ordenó la construcción de una iglesia en una de las nuevas ciudades que se estaban fundando en el interior de la región, y le encargó a un celebre pintor, famoso en su pueblo de origen, y venido con los conquistadores, hacer un fresco en una pared del interior de la Iglesia. Un fresco muy especial, cuyo tema debía tomarse de la vida de Cristo. Trabajó el artista, en su obra, con una diligencia feliz, durante dos años, hasta darla casi por terminada. Le faltaban solamente dos figuras, muy importantes en su obra, Jesús adolescente, y Judas Iscariote. Buscó y buscó en casi todo el pueblo afanosamente, los modelos para sus personajes, sin mucha suerte. Paseando un día, por un barrio apartado del centro, en el que nunca había estado, se topó con un grupo de niños que jugaban en la calle, y se fijó que había entre ellos un muchacho como de doce años, cuyo rostro hizo dar un vuelco al corazón del artista. Era aquel semblante, el rostro de un serafín. Y bajo la capa de mugre y suciedad, adivinó las facciones de su Jesús adolescente, que tanto había buscado. Conversó con el niño y lo convenció para que lo acompañara hasta la Iglesia, para mostrarle su obra. El artista logró que el niño se lavara, se cambiara los harapos, se sentara y se estuviera quieto durante horas y horas por espacio de varios días, hasta que del pincel, movido por una fervorosa inspiración, salió angelical y perfecto, el rostro del niño Jesús, que tanto había deseado y tanto había buscado. Pasaron largos los años, y el pintor no encontraba el modelo adecuado para su retrato de Judas, y así paso el tiempo y siguió buscando afanosamente en vano, y no encontraba al modelo de su Judas. Entristecido y angustiado por temor a morir y dejar su obra sin terminar, comenzó con ayuda de los curas de las Iglesias de los pueblos vecinos, a divulgar por todos los rincones de la región, la noticia de su necesidad de un modelo para su obra. Y así acudieron de acá y de allá, muchos hombres que creían tener el aspecto avieso y malvado de Judas Iscariote. Pero ninguna de aquellas feas criaturas de repelentes caras, reunía los requisitos del soñado Judas, que se había propuesto el artista. Era el perfil de un tipo, que diera con el aire indescriptible de un hombre, en cuyo corazón la codicia y el ansia de poder, fuera destilando malignidad, hasta hacerlo rebozar en obras infernales. Alguien así como el acíbar de la envidia y el veneno, la representación humana del mal. Y sucedió un día en la taberna en que se hallaba el viejo pintor sorbiendo un vaso de vino. Entró tambaleante un hombre andrajoso, y de miserable aspecto, el que apenas atravesó la puerta, calló de bruces al piso, al mismo tiempo que pedía con una voz desagradable, áspera y ronca, ¡Ron, vino, vino, ron ¡Alzó el pintor al caído, pero al levantarlo y verle el rostro, se estremeció de pies a cabeza. En aquella cara habían dejado marcada su huella siniestra, todos los pecados del mundo, preso de gran agitación el anciano pintor ayudó al borracho a mantenerse en pie. Había encontrado por fin, el modelo para su Judas. Con algo de esfuerzo, logró trasladarlo hasta la Iglesia. Por el camino, no dejaba de ver el rostro del modelo, con el que por fin culminaría lo que le había estado llamando, su obra maestra a inconclusa,. Durante muchas horas febrilmente, trabajó el ya viejo pintor, para concluir su obra. A medida que avanzaba el trabajo iba operándose un cambio en el estado de ánimo y en la conducta del modelo. Una extraña y tensa tensión, sucedió a su forma natural de abotagamiento. Clavaba sus ojos encarnizados y sanguinolentos en su propia imagen, con una especie de terror y angustia. Un día advirtiendo, la angustiada emoción de su modelo, no pudo el maestro menos que decirle con bondadosa voz: ¿Que te ocurre, hijo, como puedo calmar tu angustia y tú sobresalto? El modelo rompió en llanto y ocultó el rostro entre sus manos, al cabo de un rato y aun entre sollozos, levantó sus ojos, implorantes al anciano maestro, y como pidiendo un milagro, le señaló el mural y le dijo: ¿No te acuerdas de mí, maestro? Yo soy aquel muchacho que hace muchos años te sirvió de modelo, para tu Niño Jesús.
ISILO MCMLXXIII